1/9/12

Especial: Capítulo 8. Impotencia (parte 3)

Ahogó un grito. Sus ojos atravesaban la miraba de aquel desconocido. Dio un paso atrás, aterrorizada. El sentimiento se reflejaba a la perfección en su rostro. El hombre avanzaba conforme ella lo hacía hacia atrás y se puso un dedo en los labios, que en esos momentos se dio cuenta que también tenía al descubierto, indicándole que estuviera en silencio. Giselle intentó gritar, pero cuando el sonido atravesó su garganta dispuesto a salir al exterior y avisar a Niall, el encapuchado tapó labios y nariz con un trapo blanco que no tardó en hacer efecto. Giselle cerraba lentamente los ojos mientras miraba al hombre que le hacía aquello y la sujetaba por la espalda para que no callera. Sus extremidades empezaban a fallarle. Después la conciencia. Quiso pronunciar su nombre, pero de entre sus labios no salió sonido alguno. Todo se volvió negro para ella en cuestión de segundos.

Una hora después…
Niall abrió pesadamente los ojos. La luz que entraba a través del balcón le cegaba. Se tapó instantáneamente con el antebrazo izquierdo. Miró a su izquierda, pero el sitio que había ocupado aquella noche Giselle estaba vacío. Estaría en el baño, pensó. Pero no se esperaba no encontrarla en su interior. Frunció el entrecejo. ¿También había reservado para el desayuno? Era extraño que no le hubiera avisado. Su ropa la encontró en el interior del servicio, al lado del lavabo, pero la de ella no estaba. Había estado entonces allí, pero no sabía a dónde había podido ir. Se puso los pantalones y la camiseta e hizo ademán de salir de la habitación. La tarjeta estaba en el interior de uno de los interruptores. Aquello extrañó todavía más a Niall. ¿Habría ido a su casa para que sus padres no le dijeran nada? Les había avisado el día anterior, ¿por qué se iba a molestar en ir andando pudiendo llevarle él?
Abrió la puerta de la estancia, cogiendo antes la tarjeta que funcionaba de llave, y se aseguró de que no había nada de ella en el interior del dormitorio del hotel.
Bajó pensativo por el ascensor y en recepción no vio a nadie. De todos modos, se aproximó al recibidor y esperó unos minutos a que alguien le atendiera. Eran las nueve y media, gente tendría que haber. Pero mientras miraba a un lado y a otro se fijó en algo extraño al otro lado del mismo, bajo la mesa. Sus cejas se fruncieron de manera confusa. Unos dedos finos, seguramente de mujer, sobresalían por debajo del mueble. Niall se inquietó y rodeó el mismo, poniéndose de puntillas en uno de los extremos. La misma mujer que les había atendido el día anterior estaba tendida en el suelo. Sin pensárselo dos veces, el chico dio un salto apoyándose en la plana superficie de madera y se acuclilló frente a la chica. Golpeó ligeramente su rostro intentando reanimarla, pues había comprobado que tenía pulso, pero no ocurría nada.
—¡Ayuda! —exclamó. Niall pensaba lo peor. Giselle había desaparecido. ¿Adónde había ido? ¿Se la había llevado alguien? Todos esos pensamientos sólo consiguieron ponerle más nervioso e intentó de nuevo que la joven recepcionista volviera en sí, desesperado. Su mirada miraba a todos lados, perdida. No sabía qué hacer, si quedarse ahí plantado hasta que alguien acudiera o salir corriendo en busca de Giselle, sin saber dónde buscarla. Cuando recapacitó marcó el número de la ambulancia en su móvil y no tardaron en contestar. Una vez hecha la llamada, volvió a pedir ayuda dejándose la voz. Por fin alguien apareció… Un hombre algo mayor.

Minutos después…
La ambulancia y policía había llegado. Habían logrado que la chica recuperara la conciencia, la habían drogado. Niall intentó acercarse a ella y preguntarle, pero la multitud que se había formado se lo impedía y la policía también. En medio de la calle no pidieron explicaciones, esperarían a que se hubiese calmado, pero aún así la chica pronunció algo, como si estuviera delirando, que fue suficiente para Niall. “La chica… La chica…”, repetía. Miraba a un lado y a otro como si de eso modo pudiera encontrarla, como si estuviera allí mismo, entre el grupo de personas o al otro lado de la calzada. El muchacho lo entendió y, nervioso, logró salir del bullicio y se metió como una bala en el interior de su coche arrancando el motor.
—Mierda, mierda, mierda —susurró mientras salía del aparcamiento. Sólo se le ocurría un lugar al que acudir en esos momentos.

En casa de Giselle…
—¡¿Qué me dices, muchacho?! ¡¿Me estás diciendo que se la llevaron?! ¡¿A mí pequeña?! —manifestó fuera de sí Robert.
Elina sollozaba sentada en el sofá, con el rostro hundido en sus manos. Niall sentía punzadas en su corazón. Impotencia. Rabia. Temor. La persona que más amaba estaba en peligro. No dejaba de echarse la culpa una y otra vez mientras el padre de ella le gritaba sin cesar, insultándolo en varias ocasiones.
—¡¡Maldito insolente!! ¡¡Te dije que la protegieras!! ¡TE LO DIJE! ¡¿ACASO PIENSAS QUE ERA UN CAPRICHO MÍO?! —Robert le cogió por la camiseta, elevándolo el suelo, y Elina se levantó inmediatamente para ayudar a Niall.
—Él no tiene la culpa —pronunció mientras apartaba las manos de su marido del chico, cuyos pómulos habían adquirido un color rojizo intenso. El padre de Giselle le hubiera ahogado allí mismo si nadie le hubiera detenido, sin reparos.
Niall cogió aire a grandes tragos, intentando recuperar su respiración habitual, mientras se asiaba el cuello.
—¡Tienes razón! ¡La culpa es mía por darle el visto bueno a este estúpido desvergonzado! ¡¿Me puedes explicar cómo narices entraron en tu casa?! ¡¿ESTÁS COMPINCHADO CON ALGUIEN?!
—¡No, no! —trató de tranquilizarle el muchacho—. Yo no le haría ningún daño a su hija. Si estoy aquí es porque la quiero y no voy a permitir que le suceda nada. Si he acudido a ustedes es en busca de ayuda.
—¿Qué pasó? —inquirió la mujer.
—Me desperté en el hotel y… ya no estaba. Bajé a recepción y…
—¡¿Qué…?! ¿HAS DICHO HOTEL? ¿NOS HABÉIS MENTIDO? —Los pómulos de Robert estaban extremadamente rojos. Parecía que iba a estallar de un momento a otro. Daba la sensación de que en bajo su dermis fluía fuego. Apretaba su mandíbula y sus puños.
—Ella… había reservado una para que pudiéramos hablar solos. Hasta entonces no me conocíais —habló con vacilación observando cautelosamente al hombre, temeroso por lo que pudiera llegar a hacer.
—¡Y qué le hiciste, eh! ¿O me vas a venir con el cuento de que solo dormisteis pacíficamente? —Su mano se controlaba sin llegar a rozar la camiseta del joven, aunque en esos momentos deseaba pegarle un puñetazo. Controló su cuerpo y trató de relajarse. Por su bien, el de Giselle y el de su mujer. No debía perder los nervios.
Su mujer lo miró suplicante. Aunque se resistió, pensó que el fondo era lo correcto. No solía perder los nervios de ese modo, pero desde que había visto a aquel chico su intuición le decía que no se fiara de él. Suponía que era porque pensaba que cualquier persona desconocida que estuviera con Giselle podría hacerle daño y aprovecharse de ella.
Suspiró resignado y, un tanto obligado por su mujer, pronunció las palabras.
—Lo… siento, muchacho.
—No se preocupe. Le entiendo. Yo también quiero al igual que usted encontrarla. —Niall mantenía su calma y firmeza habitual.
—Encuéntrala. Encuéntrala o no habrá perdón. Te avisé antes de marcharos y has dejado que pasara esto. ¡Ella necesita protección! —Sus ojos chispeaban odio y desesperación.
—Robert, no es culpa suya. Deja al chico… —intervino Elina.
—Vete y búscala. Donde sea. Recórrete todas las calles si es preciso. ¡Todos los rincones! Pero tráela de vuelta —pronunció más calmado. El chico asintió. No podía ocultar el respeto que le imponía aquel hombre. No sería fácil encontrarla, sin embargo lo intentaría. No quería pensar en las consecuencias. Aquel hombre haría lo que fuera por su hija, al igual que él mismo.
—Nosotros nos pondremos en contacto con la policía —añadió severamente.
Niall volvió a asentir. Titubeó unos segundos, pero finalmente se aproximó a la puerta sin añadir nada más, ni un adiós, con las manos en los bolsillos. Al salir, le golpeó en la cara aire frío, como un bloque de hielo. Se abrigó un poco con el cuello de la chaqueta y aceleró el paso hasta llegar a su coche. Cuando lo puso en marcha la radio se encendió y sonó una canción que conocía. No sabía hacia dónde dirigirse, así que simplemente puso en movimiento el vehículo y recorrió la mayoría las calles de la zona. Después hizo un recorrido por el centro de la ciudad. Finalmente por las afueras. Nada.

A la tarde, tras comer en un burguer…
Pasó por delante del hotel donde se habían alojado esa noche, pero ya no había nadie. Entonces divisó a otra persona en recepción, transparentándose parte de la entrada por la cristalera de al lado de la puerta de entrada, y se percató de que no era la chica de esa mañana, sino un sustituto temporal, al menos por ese día. Parecía pertenecer al hotel por su uniforme. No se resistió y aparcó el coche lo más cercanamente posible al edificio, saliendo posteriormente.
Ya en el interior se atrevió a preguntarle al chico por el estado de la anterior recepcionista. Éste respondió que no sabía nada con certeza, pero que había oído que se encontraba bien. Era muy joven, Niall se extrañó de que un muchacho así estuviera en un hotel a esa edad.
—¿Qué edad tienes? —le preguntó.
—Veinte —respondió incomodado. Niall no lograba verle los pies, pero por el ligero movimiento que se transmitía a todo cuerpo notaba que los movía bajo la mesa nerviosamente, de un lado a otro, sin saber cómo apoyarse sobre ellos.
—¿Llevas trabajando mucho aquí?
—Desde… hace un par de meses. —Mentía, Niall lo leyó en sus ojos.
En ese momento pasó por allí un hombre de escaso cuero cabelludo.
—Disculpe —se dirigió al hombre que parecía ser el cocinero por su vestimenta—, ¿cuánto tiempo lleva trabajando este chico aquí?
—Eso no importa —respondió en voz baja el aludido mientras dirigía una extraña mirada al cocinero.
—¿Por qué? —preguntó el hombre respondiéndole con otra mirada extraña, de confusión al no saber por qué el chico reaccionaba así, y volviendo sus ojos de nuevo a Niall—. ¿Acaso quiere rellenar una hoja de reclamaciones? Este chico sólo lleva aquí desde ayer, comprendo que sea algo torpe, pero lo necesitamos en ese puesto en estos momentos —respondió.
—Gracias. —Y el hombre salió afuera, cruzándose de calle, para encenderse un cigarrillo.
Cuando la vista retornó al chico joven, éste le miraba aterrorizado. Niall sentía cierta sospecha, una sospecha que cada vez se apoderaba más de él, y la actitud del chico se la confirmaba aún más. Si no sabía nada, ¿qué importaba que trabajase allí desde el día anterior? Pero lo cierto era que cada vez su tez se tornaba más pálida. Sin duda era coincidencia que el día que Giselle hizo la reserva, empezara a trabajar aquí este chico. Sus ojos grises miraban a Niall fijamente.
—Qué coincidencia —soltó sin reparos mientras lo miraba con cierto estupor, alzando las cejas. El muchacho tragó saliva y, sin que a Niall le diera tiempo a analizarlo, salió corriendo saltando hábilmente por encima del tablero. Inmediatamente fue tras él. El hombre del cigarrillo pareció decir algo cuando vio a ambos correr, en especial al chico que debía estar en el hotel trabajando, en el puesto de la chica que había sido atacada por las mismas personas que Giselle, pero no se inmutó. Simplemente dijo unas cuantas palabras, que creo que ninguno de los dos comprendimos, y siguió con el que parecía su segundo cigarrillo.
El joven del uniforme corría con bastante más velocidad de la que Niall se esperaba. Cuando lo logró alcanzar, al torcer prácticamente la esquina de la calle, se enzarzaron hasta que Niall terminó cogido por el cuello. El muchacho no lo apretaba en exceso, pero sin embargo sí apretaba con furia sus dientes entre sí. Niall se sintió relajado por un momento, sin saber por qué, hasta que cerró lentamente los ojos y notó que su cuerpo caía como un peso muerto en el suelo. La vista se le había nublado y apenas veía manchurrones. Lo último que vio fue al chico desaparecer en la neblina de su vista hasta que finalmente los cerró y yació inconsciente.

Unas horas después…
Se encontraba en una habitación, pero era muy semejante a la del hotel. Sí, sin duda estaba en éste. Se incorporó un poco, apoyando los antebrazos en el colchón, y giró el cuello hasta toparse con unos ojos marrones. No eran los de Giselle, sino los de una limpiadora.
—Edgard le encontró tirado en el pavimento de una calle perpendicular a la del hotel. Le trajo de inmediato aquí —explicó mientras terminaba de doblar unas sábanas—. En su cama no las he cambiado, no quería molestarle —expresó refiriéndole al tejido blanco que sujetaba entre sus manos.
—No importa —contestó algo aturdido y cansado mientras intentaba incorporarse totalmente. Al hacerlo, notó un dolor en la espalda y gimió. Sin duda el golpe no había sido leve, aunque tampoco parecía algo grave.
La asistenta comenzó a sonrosarse y mantenía la cabeza inclinada con el propósito de que Niall no se diera cuenta. Éste se percató y no entendió el por qué hasta que descendió su vista. No llevaba camiseta, sin embargo sus pantalones seguían ahí. Sin darle importancia, bajó de la cama y la chica intentó seguir con su tarea, pero de vez en cuando lanzaba miradas al cuerpo del muchacho rubio, que con cada movimiento se le marcaban más los músculos del brazo, abdomen y tórax.
El chico buscó en la habitación, hasta en el armario, pero su camiseta no aparecía.
—¿Busca esto? —le preguntó la asistenta enseñándole la prenda. Ahora fue Niall el que se sonrojo pensando en cómo había llegado a parar a sus manos.
—Estaba en la otra cama, sobre el edredón. Seguramente Edgard revisara tu cuerpo por si había algún daño. Comentó que te encontró en una postura muy mala para el tronco —dijo aclarándole la situación por si algún mal pensamiento cruzaba su mente. Suponía que Edgar era el cocinero. Ella había dejado de hablarle de usted, pero eso no le importaba en absoluto. Le gustaba más así.
—Necesito encontrarla —susurró—. Gracias —dijo apresuradamente mientras cogía la prenda que le había tendido. Acto seguido salió como una exhalación de la estancia y se decantó por las escaleras. Estaba en un primer piso, así que no tardó en llegar al bajo.

Escasos minutos después…
La noche dominaba la ciudad. Conducía con una velocidad mayor a la permitida por la avenida. Torció y se metió en una calle poco transitada y menos iluminada. Por la avenida circulaban demasiados coches y de ese modo, pensaba, no encontraría nada.
Escuchó un zumbido del que no hizo caso. Torció a la derecha con el coche la callejuela. En breve volvió a sonar ese zumbido y, sin esperarlo, el coche sufrió un empujón que lo hizo volar unos pocos metros por los aires. Por suerte, cayó sobre sus cuatro ruedas y Niall llevaba puesto el cinturón de seguridad. Aún así, se dio un golpe al aterrizar con el techo del vehículo. El motor había dejado de funcionar. Sacó y metió varias veces la llave por su ranura, pero no arrancaba. Desesperadamente, sin saber qué demonios estaba ocurriendo, se desabrochó rápidamente el cinturón y salió del coche.
Sabía que no estaba solo.

26/8/12

Más allá del anochecer

En el comienzo de los tiempos, con la creación del universo, las estrellas y los planetas surgió algo más. Fuego. Luz. Tierra. Agua. Aire. Sombra. Con el fin de vagar liberales por el universo hasta encontrar un cuerpo que les hiciera completos. Excepto dos de ellos. La razón de su creación es desconocida, pero su destino siempre estuvo escrito más allá del anochecer. El poder no lo es todo. No hay que dejarse engañar por lo poseído, la bondad reside en el corazón.

[...]

Una historia DIFERENTE... Un argumento del que NUNCA has oído hablar... Simbología. Poder. Amor. Ira. Desconfianza. Muerte. Dolor. Traición.
No todo es lo que parece...

Más allá del anochecer - Primer capítulo 



-La magia existe porque existimos las personas-

13/8/12

Especial: Capítulo 7. Impotencia (parte 2)

La sorpresa en los ojos de ese hombre no le hizo volver sobre sus pasos. Su mirada se clavaba en la de Giselle, mientras ella negaba lentamente con la cabeza. Con humedad bajo sus resplandecientes ojos, se giró en dirección a su padre, el cual observaba a uno y a otro constantemente.
—¿Qué es esto Giselle? ¿Es cierto lo que dice? —le preguntó atónito, usando su tono de voz normal, mientras señalaba con un dedo al chico que estaba cerca de ellos.
Giselle descendió la cabeza y su vista acabó en el suelo, no muy segura de lo que iba a decir.
—Sí —pronunció con un hilo de voz. Después elevó el rostro, a punto de caer una lágrima, mientras irises y pupilas formaban el fuego de la decisión—. Sí, es cierto. Y le quiero —sentenció con una firmeza extraña de ver en ella.
El hombre no podía creerse lo que oía. ¿Quererle? Su mirada entonces atravesó la de Niall, que por el momento permanecía impasible.
—¿La quieres? —le preguntó al muchacho con expresión y tono de aversión. Por el momento aquel chico no le gustaba nada. Su hija solía cumplir las normas que le imponían, siempre por un bien, y él había causado que ella se aprovechara del margen que se le había dado últimamente para salir juntos.
Niall vaciló unos instantes, pero no porque no estuviera seguro de lo que iba a decir, sino por el hecho de que el padre de Giselle le mirara de aquel modo. Sólo esperaba que no tuviera armas en su casa, porque si no sería de los primeros en estrenar su puntería, si no el primero.
—Sí.
—¿No te he visto muy convencido, muchacho? —Ladeó ligeramente la cabeza a un lado y esbozó una media sonrisa de satisfacción.
—Estoy muy seguro. Usted no puede saber lo que siento o dejo se sentir.
—No te apresures, joven, no estás hablando con tu padre…
—No, de hecho si lo hiciera no le llamaría por usted.
—¿Me tomas el pelo? No eres lo que mi hija necesita.
—De hecho, papá, es todo cuanto necesito —intervino Giselle—. Pero tú no lo entiendes. —En su faz se dibujaba una tenue mueca de pesadumbre.
El hombre no daba crédito a lo que escuchaba. ¿Su hija enamorada de aquel inmaduro e irrespetuoso chico? No podía ser verdad, Giselle estaba muy confundida.
—Giselle, cariño, creo no sabes lo que…
—Sé exactamente lo que digo y lo que siento. Sé lo que hago. Podréis protegerme cuanto queráis, pero ya no soy una niña. Tengo veintidós años —sentenció indignada.
—¿Y él? —preguntó mirando de reojo a Niall.
—Veinticinco, señor —contestó el propio chico.
El hombre no dijo nada. Seguía manteniendo esa mueca de desagrado, y miraba a uno y a otro despacio.
—¿Ocurre algo, Robert? ¿Todavía no habéis entrado en casa? Vais a coger una pulmonía —dijo una voz dentro de la casa. Una mujer castaña apareció tras el hombre y giró su cabeza hacia un lado para enterarse de lo que acontecía fuera.
—¿Quién es ese joven? —pronunció amablemente la mujer.
—Elina, no pasa nada, quédate dentro.
—¿Cómo que no pasa nada? —Se hizo hueco entre el marco de la puerta y su marido y salió afuera mientras contemplaba a su hija, la cual tenía aún los ojos un poco rojos, y al muchacho que se encontraba unos cuantos metros más adelante, serio, quieto como una estatua.
—¿Quién eres? —le preguntó directamente a él.
—Niall.
—¿Eres el novio de mi hija? —preguntó sin poder evitar esbozar una pequeña sonrisa.
Niall miró durante unos segundos a Giselle para afirmar la respuesta, pues en esos momentos ya no sabían lo que eran. Cuando ésta se la devolvió y sus ojos contestaron, habló.
—Sí —asintió con algo de timidez.
El hombre refunfuñó por lo bajo y Elina se giró levemente hacia atrás para advertir a Robert con la mirada.
—Pasa —le dedicó una sonrisa a Niall. Parecía un muy buen chico, además de educado.
—¿Que pase? —preguntó asombrado Robert mientras contemplaba cómo su mujer entraba en la casa, y Giselle y Niall la seguían después. El chico iba algo más retardado, con pasos lentos y las manos en los bolsillos, por el hombre que se situaba ahora al lado de la puerta y lo miraba con desdén.

En el interior de la casa…
Elina les ofreció asiento a los dos. Ambos se sentaron en el mismo sofá.
—¿Queréis tomar algo? —preguntó con dulzura la mujer. No era muy mayor.
—No, gracias —contestó el chico cuyo cabello era rubio almendra. Se notó nerviosismo en su voz, y las manos, que no dejaba de moverlas y frotarlas entre sí, lo acentuaban.
Giselle no contestó, casi ni la miró, así que su madre supuso que a ella tampoco le apetecía nada. Pretendía calmar los ánimos, pero parecía no iba a ser nada fácil.
—Bueno, contadnos desde hace cuánto que os conocéis —dijo la mujer.
Giselle parpadeó con desgana lentamente sabiendo que se avecinaba un interrogatorio y que pronto su padre formaría parte de él también. Segundos después el hombre apareció en el salón y se sentó en una silla, al lado del sofá donde se acomodaba su mujer, un poco alejado de todos ellos.
—Algo más de dos semanas —contestó Niall.
—Casi tres —apostilló Giselle.
—Bueno, no es poco. —Elina esbozó una sonrisa lateral contemplándoles. Sin duda hacían una muy buena pareja. Ella había escogido a un chico educado y muy guapo. Y él, aunque hablara de su hija, a una chica preciosa y encantadora.
—¿Qué no es poco? ¡Eso no es nada! —intervino el hombre.
—Robert. —Con voz apaciguadora Elina miró a su marido, que estaba a su izquierda.
—¡Vamos, Elina! —se quejó alzando las manos. Se apoyó bruscamente en el respaldo de la silla con enfurecimiento, aunque se controlaba.
—Cuando una relación comienza, no comienza a los dos meses. Siempre están los primeros días, semanas, meses, años… Parece mentira que defiendas lo contrario, cariño. ¿Ya no te acuerdas de cuando empezamos a salir?
—¡Claro que me acuerdo! —refunfuñó—. Pero esto es distinto.
—¿Por qué iba a serlo? Tengo el mismo derecho que vosotros a enamorarme. ¿Acaso nunca me dejaréis? —pronunció Giselle.
—¡No con él! —Robert mantenía su postura inicial.
—Escuche, señora —comenzó a decir Niall mirando a la madre de la chica que estaba sentada a su lado—. Yo quiero a su hija. Y aunque salga por esa puerta —dijo señalándola con el dedo mientras miraba a la mujer— seguiré queriéndola.
La mujer esbozó una sonrisa amable y comprensiva. Robert dejó escapar un incomprensible sonido de entre sus labios.
—Y no me iré de aquí hasta aclarar las cosas —añadió el muchacho.
—Bueno, te irás cuando yo te lo diga —repuso el hombre, indignado.
—Él sabe lo que soy. —Niall la miró consternado, mientras esperaba que lo que acababa de oír hubiera sido cosa de su imaginación y no lo hubiera dicho ella de verdad.
El padre de Giselle se levantó del asiento sin apartar la vista de ellos.
—¿Cómo dices? —Estaba igual de confuso que Niall.
—Él sabe que tengo poderes.
Robert se aproximó con ímpetu a Niall y le cogió por la camiseta, alzándolo un poco del sofá.
—¡Qué le has hecho a mi hija! ¡Qué sabes! No serás uno de esos que quiere aprovecharse de ella, ¿verdad? ¡¡Contesta!! —En la última palabra lo zarandeó.
—¡Robert, déjale! —Elina se levantó y agarró a su marido por los brazos para apartarle del joven. Sus ojos brillaban con furia.
—¡Papá! —exclamó la chica. Acto seguido se acercó más a Niall y le dijo en un tono de voz bajo que si se encontraba bien. El chico asintió entre sorprendido y desconcertado, dirigiendo su mirada de vez en cuando a donde se situaba el hombre. Su mujer le obligó a sentarse de nuevo y a que se calmara.
—¡Este chaval no sabe lo que quiere!
—Déjelo ya. —La voz de Niall sonó en toda la estancia—. No pienso consentir que me falte al respeto, ni que cuestione mis sentimientos. Podrá pensar lo que quiera de mí, pero no le tolero nada más, aunque sea el padre de Giselle. Seré joven, pero mantengo la compostura mejor que usted, que desde que he aparecido no ha cesado de lanzarme miradas desde el odio. Soy persona y tengo derecho a amar igual que las demás. Lo mismo que Giselle. Esto parece de película… —Bufó y apoyó de nuevo su espalda en el sofá.
El hombre se quedó atónito con las palabras del chico. Sin duda sabía lo que quería y estaba dispuesto a discutir con él por su hija. Pero no se resignaba a aceptar su relación.
—Es cierto. Él sabe lo que soy y me acepta. Me aporta cosas que hasta ahora nadie me ha aportado —dijo con tranquilidad.
Su padre ya ni siquiera les miraba, sólo se limitaba a escuchar. Las palabras las ponía su mujer.
—Me alegro mucho por los dos. —Alcanzó la mano de Giselle y la asió con fuerza—. Siento mucho lo de Robert, Niall. Se niega a aceptar que Giselle haya crecido y deba elegir lo que quiere.
—Lo que quiere es condenarse. Quién sabe dónde andará metido este chico… —comentó con la mirada en otro lado.
—¡Ya me he condenado, papá! ¿No lo entiendes? ¡Yo misma soy una condena para mí, para él y para todos! —alzó la voz levantándose del sofá y gotas saladas empezaron a surcar sus pómulos.
Su padre la miró maravillado. Visualizando cada lágrima caer. Su enfado se esfumó por momentos y en su rostro se reflejó seriedad y tristeza. Se levantó de la silla y abrazó a su hija.
—Cariño, no digas eso. Eres una extraordinaria persona —le dijo al oído.
Padre e hija dejaron de abrazarse y Niall se levantó para acercarse hasta Giselle. La miró preguntándole con la mirada si estaba bien y la apretujó entre sus brazos fundiéndose en un apasionado y cálido abrazo. Robert y Elina observaban la escena.
Se miraron a los ojos y él le apartó las lágrimas de sus mejillas. Sin que se dieran cuenta, Elina le dirigió una mirada a Robert y fue suficiente para hacerle comprender que quizá aquel chico no era tan malo como pensaba. Giselle parecía feliz junto a él, parecía encontrar un gran apoyo a parte de su familia. El único que había conseguido que llorara su hija había sido él, al menos desde el momento en que apareció Niall frente a su casa.
El hombre quería decir algo, pero ellos continuaban abrazándose y no sabía cómo captar su atención, cómo interrumpir el cariño que se mostraban. Giselle abrió los ojos y se percató de la expresión de su padre, así que se separó de Niall y esperó a que hablara.
—Hija…, yo… Lo siento, no me he comportado como es debido —pronunció costosamente, pero con sinceridad.
Ella sonrió y le abrazó nuevamente.
—He podido comprobar que verdaderamente esto no es un amor de adolescentes, porque ya no lo sois. Ambos sois adultos y debéis ser libres de vuestros actos, hacer lo que queráis, pero ser consecuentes. Así que sólo espero que no tengáis problemas, porque ya soy uno menos. —Sonrió tenuemente, esperando la reacción de ambos, sobre todo de su hija, y fue correspondido del mismo modo.
Giselle le dio un beso en la frente, sonriente. Niall, aunque no lo exteriorizaba demasiado, estaba encantado. Para él eso significaba la aprobación de la relación por parte de su padre, la pieza más difícil de la historia. En cierto modo le agradecía todo, pues cuando Giselle salió del coche pensó que no volvería a verla. Era el final. Pero todo lo acontecido le dio la vuelta a la historia.
—Protégela. Sé que la querrás. Así que sólo te pido que la cuides. Mucho —pronunció conmocionado.
Giselle no cesaba de sonreír dichosa ante la escena.
—Bueno, esto parece una despedida —soltó bromeando Niall—. Supongo  que podré volver a entrar en esta casa, ¿no?
—Eso si no entras en la caseta del perro. —Robert lo miró en principio con severidad, pero terminó rompiendo en carcajadas. El chico, al entender que era una broma, le imitó.
—Deja de torturarle —dijo Giselle.
Niall y ella se miraron de manera cómplice. Después ella se aproximó a su madre y le dio un abrazo inclinándose sobre el sofá.
—¿Acaso os marcháis? —preguntó extrañada la mujer.
—Voy a pasar la noche en casa de Niall —mintió en parte.
Robert arqueó las cejas incrédulo y miró a su mujer, que se encogió de hombros lanzándole una sonrisa.
Giselle miró a uno y a otro, suplicante, pero con gesto suspicaz aparente, y sonrió cuando su padre asintió de parte de los dos.
—No sé a qué hora volveré mañana. Si surge algo os llamo, ¿vale? —dijo con alegría mientras se alejaba hacia la puerta de entrada dándole la mano a Niall.
Sus padres suspiraron, sin otro remedio que resignarse ante el amor, y se miraron entre ellos sin dejar de sentir alegría.

Once de la noche en el hotel…
—Hay que aprovechar que he reservado esta habitación.
La sonrisa pícara de Giselle se contagió a Niall, que estaba sentado en el borde de la cama de matrimonio. Ella se acercó pausadamente hasta él y posó sus rodillas sobre la cama, entre las piernas de él. Acercó sus labios a los suyos y se besaron. Los besos de Niall continuaron hasta el cuello de Giselle mientras ella le rodeaba con sus brazos. Le ayudó a quitarse la camiseta y la pasión y la temperatura aumentó. Los dedos de la chica castaña se deslizaron por el torso de Niall mientras él le quitaba ahora la camisa a ella. Poco a poco. Cada uno de los botones. Después esa prenda cayó al suelo despojándola del cuerpo de la bella muchacha. Al tiempo que Giselle bajaba sus manos a los pantalones de Niall, se desplazaban lentamente hasta el centro de la cama cubierta por un edredón rojo. Los besos continuaban con más pasión que antes. Las caricias se alargaban, y cuando podían sus manos desprendían una prenda más. Cuando ya no quedó nada más cubriendo sus cuerpos, todo fue cuestión de dejarse llevar por el corazón y la pasión que recorría en ese momento su interior, el uno sobre el otro.

A la mañana siguiente…
—Niall… —Los dedos de Giselle caminaban sobre el torso del chico, con serna. La chica sonreía ampliamente mirándole dormir. No hacía caso de sus llamadas. Sonrió todavía más cuando pensó que parecía un bebé. Estaba tan tranquilo… Eran tan guapo… Sin duda así estaba muy mono.
Se levantó recogiendo la ropa del suelo y se metió en el baño para vestirse. Mientras lo hacía escuchó unos ruidos fuera y pensó que ya se había despertado. Acabó rápidamente, se peinó un poco con las manos, y abrió el pestillo. Cuando abrió la puerta la persona que había frente a ella no era Niall, sino un desconocido con un pasamontañas negro cubriéndole la cara y dejando ver sus oscuros ojos.