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13/8/12

Especial: Capítulo 7. Impotencia (parte 2)

La sorpresa en los ojos de ese hombre no le hizo volver sobre sus pasos. Su mirada se clavaba en la de Giselle, mientras ella negaba lentamente con la cabeza. Con humedad bajo sus resplandecientes ojos, se giró en dirección a su padre, el cual observaba a uno y a otro constantemente.
—¿Qué es esto Giselle? ¿Es cierto lo que dice? —le preguntó atónito, usando su tono de voz normal, mientras señalaba con un dedo al chico que estaba cerca de ellos.
Giselle descendió la cabeza y su vista acabó en el suelo, no muy segura de lo que iba a decir.
—Sí —pronunció con un hilo de voz. Después elevó el rostro, a punto de caer una lágrima, mientras irises y pupilas formaban el fuego de la decisión—. Sí, es cierto. Y le quiero —sentenció con una firmeza extraña de ver en ella.
El hombre no podía creerse lo que oía. ¿Quererle? Su mirada entonces atravesó la de Niall, que por el momento permanecía impasible.
—¿La quieres? —le preguntó al muchacho con expresión y tono de aversión. Por el momento aquel chico no le gustaba nada. Su hija solía cumplir las normas que le imponían, siempre por un bien, y él había causado que ella se aprovechara del margen que se le había dado últimamente para salir juntos.
Niall vaciló unos instantes, pero no porque no estuviera seguro de lo que iba a decir, sino por el hecho de que el padre de Giselle le mirara de aquel modo. Sólo esperaba que no tuviera armas en su casa, porque si no sería de los primeros en estrenar su puntería, si no el primero.
—Sí.
—¿No te he visto muy convencido, muchacho? —Ladeó ligeramente la cabeza a un lado y esbozó una media sonrisa de satisfacción.
—Estoy muy seguro. Usted no puede saber lo que siento o dejo se sentir.
—No te apresures, joven, no estás hablando con tu padre…
—No, de hecho si lo hiciera no le llamaría por usted.
—¿Me tomas el pelo? No eres lo que mi hija necesita.
—De hecho, papá, es todo cuanto necesito —intervino Giselle—. Pero tú no lo entiendes. —En su faz se dibujaba una tenue mueca de pesadumbre.
El hombre no daba crédito a lo que escuchaba. ¿Su hija enamorada de aquel inmaduro e irrespetuoso chico? No podía ser verdad, Giselle estaba muy confundida.
—Giselle, cariño, creo no sabes lo que…
—Sé exactamente lo que digo y lo que siento. Sé lo que hago. Podréis protegerme cuanto queráis, pero ya no soy una niña. Tengo veintidós años —sentenció indignada.
—¿Y él? —preguntó mirando de reojo a Niall.
—Veinticinco, señor —contestó el propio chico.
El hombre no dijo nada. Seguía manteniendo esa mueca de desagrado, y miraba a uno y a otro despacio.
—¿Ocurre algo, Robert? ¿Todavía no habéis entrado en casa? Vais a coger una pulmonía —dijo una voz dentro de la casa. Una mujer castaña apareció tras el hombre y giró su cabeza hacia un lado para enterarse de lo que acontecía fuera.
—¿Quién es ese joven? —pronunció amablemente la mujer.
—Elina, no pasa nada, quédate dentro.
—¿Cómo que no pasa nada? —Se hizo hueco entre el marco de la puerta y su marido y salió afuera mientras contemplaba a su hija, la cual tenía aún los ojos un poco rojos, y al muchacho que se encontraba unos cuantos metros más adelante, serio, quieto como una estatua.
—¿Quién eres? —le preguntó directamente a él.
—Niall.
—¿Eres el novio de mi hija? —preguntó sin poder evitar esbozar una pequeña sonrisa.
Niall miró durante unos segundos a Giselle para afirmar la respuesta, pues en esos momentos ya no sabían lo que eran. Cuando ésta se la devolvió y sus ojos contestaron, habló.
—Sí —asintió con algo de timidez.
El hombre refunfuñó por lo bajo y Elina se giró levemente hacia atrás para advertir a Robert con la mirada.
—Pasa —le dedicó una sonrisa a Niall. Parecía un muy buen chico, además de educado.
—¿Que pase? —preguntó asombrado Robert mientras contemplaba cómo su mujer entraba en la casa, y Giselle y Niall la seguían después. El chico iba algo más retardado, con pasos lentos y las manos en los bolsillos, por el hombre que se situaba ahora al lado de la puerta y lo miraba con desdén.

En el interior de la casa…
Elina les ofreció asiento a los dos. Ambos se sentaron en el mismo sofá.
—¿Queréis tomar algo? —preguntó con dulzura la mujer. No era muy mayor.
—No, gracias —contestó el chico cuyo cabello era rubio almendra. Se notó nerviosismo en su voz, y las manos, que no dejaba de moverlas y frotarlas entre sí, lo acentuaban.
Giselle no contestó, casi ni la miró, así que su madre supuso que a ella tampoco le apetecía nada. Pretendía calmar los ánimos, pero parecía no iba a ser nada fácil.
—Bueno, contadnos desde hace cuánto que os conocéis —dijo la mujer.
Giselle parpadeó con desgana lentamente sabiendo que se avecinaba un interrogatorio y que pronto su padre formaría parte de él también. Segundos después el hombre apareció en el salón y se sentó en una silla, al lado del sofá donde se acomodaba su mujer, un poco alejado de todos ellos.
—Algo más de dos semanas —contestó Niall.
—Casi tres —apostilló Giselle.
—Bueno, no es poco. —Elina esbozó una sonrisa lateral contemplándoles. Sin duda hacían una muy buena pareja. Ella había escogido a un chico educado y muy guapo. Y él, aunque hablara de su hija, a una chica preciosa y encantadora.
—¿Qué no es poco? ¡Eso no es nada! —intervino el hombre.
—Robert. —Con voz apaciguadora Elina miró a su marido, que estaba a su izquierda.
—¡Vamos, Elina! —se quejó alzando las manos. Se apoyó bruscamente en el respaldo de la silla con enfurecimiento, aunque se controlaba.
—Cuando una relación comienza, no comienza a los dos meses. Siempre están los primeros días, semanas, meses, años… Parece mentira que defiendas lo contrario, cariño. ¿Ya no te acuerdas de cuando empezamos a salir?
—¡Claro que me acuerdo! —refunfuñó—. Pero esto es distinto.
—¿Por qué iba a serlo? Tengo el mismo derecho que vosotros a enamorarme. ¿Acaso nunca me dejaréis? —pronunció Giselle.
—¡No con él! —Robert mantenía su postura inicial.
—Escuche, señora —comenzó a decir Niall mirando a la madre de la chica que estaba sentada a su lado—. Yo quiero a su hija. Y aunque salga por esa puerta —dijo señalándola con el dedo mientras miraba a la mujer— seguiré queriéndola.
La mujer esbozó una sonrisa amable y comprensiva. Robert dejó escapar un incomprensible sonido de entre sus labios.
—Y no me iré de aquí hasta aclarar las cosas —añadió el muchacho.
—Bueno, te irás cuando yo te lo diga —repuso el hombre, indignado.
—Él sabe lo que soy. —Niall la miró consternado, mientras esperaba que lo que acababa de oír hubiera sido cosa de su imaginación y no lo hubiera dicho ella de verdad.
El padre de Giselle se levantó del asiento sin apartar la vista de ellos.
—¿Cómo dices? —Estaba igual de confuso que Niall.
—Él sabe que tengo poderes.
Robert se aproximó con ímpetu a Niall y le cogió por la camiseta, alzándolo un poco del sofá.
—¡Qué le has hecho a mi hija! ¡Qué sabes! No serás uno de esos que quiere aprovecharse de ella, ¿verdad? ¡¡Contesta!! —En la última palabra lo zarandeó.
—¡Robert, déjale! —Elina se levantó y agarró a su marido por los brazos para apartarle del joven. Sus ojos brillaban con furia.
—¡Papá! —exclamó la chica. Acto seguido se acercó más a Niall y le dijo en un tono de voz bajo que si se encontraba bien. El chico asintió entre sorprendido y desconcertado, dirigiendo su mirada de vez en cuando a donde se situaba el hombre. Su mujer le obligó a sentarse de nuevo y a que se calmara.
—¡Este chaval no sabe lo que quiere!
—Déjelo ya. —La voz de Niall sonó en toda la estancia—. No pienso consentir que me falte al respeto, ni que cuestione mis sentimientos. Podrá pensar lo que quiera de mí, pero no le tolero nada más, aunque sea el padre de Giselle. Seré joven, pero mantengo la compostura mejor que usted, que desde que he aparecido no ha cesado de lanzarme miradas desde el odio. Soy persona y tengo derecho a amar igual que las demás. Lo mismo que Giselle. Esto parece de película… —Bufó y apoyó de nuevo su espalda en el sofá.
El hombre se quedó atónito con las palabras del chico. Sin duda sabía lo que quería y estaba dispuesto a discutir con él por su hija. Pero no se resignaba a aceptar su relación.
—Es cierto. Él sabe lo que soy y me acepta. Me aporta cosas que hasta ahora nadie me ha aportado —dijo con tranquilidad.
Su padre ya ni siquiera les miraba, sólo se limitaba a escuchar. Las palabras las ponía su mujer.
—Me alegro mucho por los dos. —Alcanzó la mano de Giselle y la asió con fuerza—. Siento mucho lo de Robert, Niall. Se niega a aceptar que Giselle haya crecido y deba elegir lo que quiere.
—Lo que quiere es condenarse. Quién sabe dónde andará metido este chico… —comentó con la mirada en otro lado.
—¡Ya me he condenado, papá! ¿No lo entiendes? ¡Yo misma soy una condena para mí, para él y para todos! —alzó la voz levantándose del sofá y gotas saladas empezaron a surcar sus pómulos.
Su padre la miró maravillado. Visualizando cada lágrima caer. Su enfado se esfumó por momentos y en su rostro se reflejó seriedad y tristeza. Se levantó de la silla y abrazó a su hija.
—Cariño, no digas eso. Eres una extraordinaria persona —le dijo al oído.
Padre e hija dejaron de abrazarse y Niall se levantó para acercarse hasta Giselle. La miró preguntándole con la mirada si estaba bien y la apretujó entre sus brazos fundiéndose en un apasionado y cálido abrazo. Robert y Elina observaban la escena.
Se miraron a los ojos y él le apartó las lágrimas de sus mejillas. Sin que se dieran cuenta, Elina le dirigió una mirada a Robert y fue suficiente para hacerle comprender que quizá aquel chico no era tan malo como pensaba. Giselle parecía feliz junto a él, parecía encontrar un gran apoyo a parte de su familia. El único que había conseguido que llorara su hija había sido él, al menos desde el momento en que apareció Niall frente a su casa.
El hombre quería decir algo, pero ellos continuaban abrazándose y no sabía cómo captar su atención, cómo interrumpir el cariño que se mostraban. Giselle abrió los ojos y se percató de la expresión de su padre, así que se separó de Niall y esperó a que hablara.
—Hija…, yo… Lo siento, no me he comportado como es debido —pronunció costosamente, pero con sinceridad.
Ella sonrió y le abrazó nuevamente.
—He podido comprobar que verdaderamente esto no es un amor de adolescentes, porque ya no lo sois. Ambos sois adultos y debéis ser libres de vuestros actos, hacer lo que queráis, pero ser consecuentes. Así que sólo espero que no tengáis problemas, porque ya soy uno menos. —Sonrió tenuemente, esperando la reacción de ambos, sobre todo de su hija, y fue correspondido del mismo modo.
Giselle le dio un beso en la frente, sonriente. Niall, aunque no lo exteriorizaba demasiado, estaba encantado. Para él eso significaba la aprobación de la relación por parte de su padre, la pieza más difícil de la historia. En cierto modo le agradecía todo, pues cuando Giselle salió del coche pensó que no volvería a verla. Era el final. Pero todo lo acontecido le dio la vuelta a la historia.
—Protégela. Sé que la querrás. Así que sólo te pido que la cuides. Mucho —pronunció conmocionado.
Giselle no cesaba de sonreír dichosa ante la escena.
—Bueno, esto parece una despedida —soltó bromeando Niall—. Supongo  que podré volver a entrar en esta casa, ¿no?
—Eso si no entras en la caseta del perro. —Robert lo miró en principio con severidad, pero terminó rompiendo en carcajadas. El chico, al entender que era una broma, le imitó.
—Deja de torturarle —dijo Giselle.
Niall y ella se miraron de manera cómplice. Después ella se aproximó a su madre y le dio un abrazo inclinándose sobre el sofá.
—¿Acaso os marcháis? —preguntó extrañada la mujer.
—Voy a pasar la noche en casa de Niall —mintió en parte.
Robert arqueó las cejas incrédulo y miró a su mujer, que se encogió de hombros lanzándole una sonrisa.
Giselle miró a uno y a otro, suplicante, pero con gesto suspicaz aparente, y sonrió cuando su padre asintió de parte de los dos.
—No sé a qué hora volveré mañana. Si surge algo os llamo, ¿vale? —dijo con alegría mientras se alejaba hacia la puerta de entrada dándole la mano a Niall.
Sus padres suspiraron, sin otro remedio que resignarse ante el amor, y se miraron entre ellos sin dejar de sentir alegría.

Once de la noche en el hotel…
—Hay que aprovechar que he reservado esta habitación.
La sonrisa pícara de Giselle se contagió a Niall, que estaba sentado en el borde de la cama de matrimonio. Ella se acercó pausadamente hasta él y posó sus rodillas sobre la cama, entre las piernas de él. Acercó sus labios a los suyos y se besaron. Los besos de Niall continuaron hasta el cuello de Giselle mientras ella le rodeaba con sus brazos. Le ayudó a quitarse la camiseta y la pasión y la temperatura aumentó. Los dedos de la chica castaña se deslizaron por el torso de Niall mientras él le quitaba ahora la camisa a ella. Poco a poco. Cada uno de los botones. Después esa prenda cayó al suelo despojándola del cuerpo de la bella muchacha. Al tiempo que Giselle bajaba sus manos a los pantalones de Niall, se desplazaban lentamente hasta el centro de la cama cubierta por un edredón rojo. Los besos continuaban con más pasión que antes. Las caricias se alargaban, y cuando podían sus manos desprendían una prenda más. Cuando ya no quedó nada más cubriendo sus cuerpos, todo fue cuestión de dejarse llevar por el corazón y la pasión que recorría en ese momento su interior, el uno sobre el otro.

A la mañana siguiente…
—Niall… —Los dedos de Giselle caminaban sobre el torso del chico, con serna. La chica sonreía ampliamente mirándole dormir. No hacía caso de sus llamadas. Sonrió todavía más cuando pensó que parecía un bebé. Estaba tan tranquilo… Eran tan guapo… Sin duda así estaba muy mono.
Se levantó recogiendo la ropa del suelo y se metió en el baño para vestirse. Mientras lo hacía escuchó unos ruidos fuera y pensó que ya se había despertado. Acabó rápidamente, se peinó un poco con las manos, y abrió el pestillo. Cuando abrió la puerta la persona que había frente a ella no era Niall, sino un desconocido con un pasamontañas negro cubriéndole la cara y dejando ver sus oscuros ojos.

27/7/12

Especial: Capítulo 6. Impotencia (parte 1)

La mañana se anunciaba nublosa. El sol se ocultaba tras una capa de nubes infinitas entre las que apenas escapan algunos rayos. Él estaba sentado en un sillón cercano a la ventana. Pensaba. Pensaba en todo lo sucedido mientras contemplaba el grisáceo cielo y los edificios que se levantaban ante sus ojos. Ese día no había café entre sus manos, y no porque se hubiera agotado, sino porque no le apetecía. Por mucha energía que le proporcionara aquel líquido su cabeza estaría igual de confusa y apenas tendría energías internas. Hace un par de días le había dejado claro que no quería que aquello continuara. Niall todavía se sorprendía al recordar lo que había pasado en el riachuelo con el pájaro. En esos momentos se dividía en tres partes: una parte de él sentía cierto temor, otra confusión, y otra le decía que no debía dejar las cosas así. Suspiró. Qué hacer. Sabía lo que ella era, pero después de que se lo dijera no tardó en darse cuenta de que eso le daba igual. Nunca lo hubiera imaginado, pero hiciera lo que era capaz de hacer, no dejaba de ser Giselle, aquella chica del vestido rosa claro que le cautivó en la boda de su amigo. Aquello escapaba de la razón, pero no dejaba de ser real. Y esa parte de él que sentía temor era por lo que pudiera pasar. Miedo a perderla, miedo a la reacción de su familia si se presentaba en su casa, miedo por lo que le pudieran hacer. Y, aunque no quisiera reconocerlo, una diminuta parte de él sentía cierto temor hacia ella y le transmitía cautela. Pero ¿cómo era posible sentir miedo de aquella frágil y bella criatura? En su mente todo empezó a dar vueltas. Por un momento nada tuvo sentido. ¿Qué hacía? ¿La llamaba? ¿Acudía a su casa? Demasiado arriesgado quizás. Entonces se decidió y alcanzó el móvil desde el sillón, situado encima de la mesa que tenía a su izquierda. Se lo pensó un momento, pero terminó escribiendo. La buscó en sus contactos y envió el mensaje. Decía:
“Hola. Ya sé que no quieres saber nada de mí y olvidar lo que pasó, pero yo no puedo. Me gustaría hablar contigo tranquilamente y verte al menos una última vez. Así si me tengo que despedir será en condiciones. ¿Qué me dices?”
El móvil permaneció unos instantes en sus manos hasta que contestó. Niall despertó de su embelesamiento y leyó el mensaje.
“Se me ocurre un lugar en el que podemos estar tranquilos sin tener que esconderse. La última vez.”
Se le escapó una sonrisa y escribió nuevamente.
“Dime cuándo y dónde. Allí estaré.”
En respuesta a su último mensaje enviado obtuvo la calle a la que tendría que acudir, el lugar y la hora. A Niall le pareció una buena idea. Giselle le dijo que de la reserva ya se encargaría ella.
Niall, que se había levantado muy temprano y se sorprendió de que ella ya estuviera despierta, se levantó con parsimonia del sillón y se dirigió al baño para darse una ducha y acudir al trabajo. Era lunes. La última vez que vio a Giselle fue el sábado.

Cuando las horas pasaron y llegó la tarde…
Niall se preparó. Unos pantalones vaqueros y una camiseta. Con Giselle hasta ahora había llevado camisas y pantalones más formales, pero esa vez quiso ir informal. Se echó perfume, se peinó, primero con un peine y después con las manos, dejando el pelo alborotado y, dándose un rápido visto bueno en el espejo, se marchó como otras cuantas veces.

Enfrente de un hotel de tres estrellas…
Sus miradas se encontraron.
—Hola —dijo Niall al llegar.
—Entremos —contestó ella con seriedad, sin mirarle siquiera a la cara.
Para haber sido de tres estrellas el hotel no dejaba mucho que desear. Se aproximaron a recepción y Giselle fue la que habló con la chica que les dedicó una sonrisa.
— ¿En qué puedo ayudarles?
—Desearíamos la tarjeta de la habitación reservada a nombre de Giselle Stahl.
La joven recepcionista asintió.
—Esperen unos momentos. —Se alejó un poco de la mesa buscando en una hoja de papel el nombre Giselle y posteriormente la tarjeta indicada. A los segundos se acercó y se la entregó—. Aquí tienen. Que disfruten.
—Muchas gracias —dijo Giselle intentando aparentar entusiasmo. Lo menos que hacía era disfrutar de la situación, y dudaba que lo hiciera. Todo era demasiado complicado.

Tras subir el ascensor, enfrente de la puerta número 109…
Giselle introdujo la tarjeta por la rendija y abrió la puerta guardándosela después en un bolsillo. Niall entró detrás de ella y se encargó de cerrar la puerta.
— ¿Para cuánto tiempo has reservado la habitación? —preguntó el muchacho.
—Toda la noche.
Niall no pudo evitar esbozar una leva sonrisa.
—No te rías —dijo la chica seria, que cogió un almohadón de una de las camas y se lo lanzó a la cara.
—Es una pena que hayas reservado una con camas separadas —comentó Niall dedicándole una pícara sonrisa. A ella se le escapó una breve risita y volvió al ataque cogiendo otro almohadón y lanzándoselo nuevamente. Esta vez Niall lo esquivó.
— ¿No querías hablar? Hablemos —dijo ella solemnemente. Niall se dio unas palmaditas en las piernas y se acercó a la cama donde ya se había sentado ella.
—No sé por dónde empezar —dijo ya sentado.
— ¿Me vas a hacer perder dinero? Eres más tonto de lo que pensaba…
La chica esbozó una sonrisa tímida. Miraba el suelo con la cabeza ligeramente inclinada.
—Eso no lo has pensado nunca. —El chico también sonrió. Obtuvo como afirmación una sonrisa más amplia por parte de ella que en cuestión de segundos desapareció por completo.
—Ayer mis padres notaron que me sucedía algo. No les dije lo que pasó, ni lo que sabías. Más bien no saben que he salido varias veces contigo.
—Bueno, supongo que una vez hayamos hablado y todo esto acabe no hará falta que se lo cuentes.
—No… —En su rostro se dibujo una débil sonrisa forzada.
— ¿Estás segura de lo que quieres? —preguntó reclinándose hacia ella.
—No. Pero es lo mejor.
Suspiraron al unísono.
— ¿Cuándo supiste que… sabías hacer esas cosas? Ya sabes… —le costó preguntar.
—Hace nueve años. Tenía catorce cuando por primera vez defendí a un niño de unos matones y los dejé paralizados, literalmente.
Aunque Niall rió brevemente, ella seguía con actitud severa.
—Cuando por fin logré que volvieran a la normalidad me tomaron miedo y empezaron a llamarme a mis espaldas “la monstruito”. Con el tiempo empecé a controlarme.
—Pero sólo lo sabe tu familia, ¿de qué tienes miedo?
—Es cierto que esos niños nunca supieron qué pasó, pero habrá gente que sepa que hay personas como yo.
—Pero… —trató de rechistar.
—Hace tres años unos hombres me acorralaron en una callejuela. Sabían algo sobre mí y me querían. Por suerte logré deshacerme de ellos. En el momento en el que usé mis poderes reafirmé sus sospechas. Mi familia sólo quiere protegerme.
Niall la miró entristecido.
—Lo siento —dijo sin saber qué más añadir.
Durante largos segundos la habitación estuvo silenciosa.
—Yo… quería verte una última vez y decirte… que me da igual que sepas paralizar cosas y todo lo demás que sepas hacer —balbuceó—. Este poco tiempo que hemos compartido juntos ha sido suficiente para darme cuenta de que me importas… y no quiero que las cosas cambien. Me cuesta asumir que tengas poderes, pero hagas lo que hagas seguirás siendo tú. Y con ellos en tus manos no pueden causar daño alguno.
Giselle alzó sus ojos hasta él, conmocionada.
—Si me dices eso me resultará más difícil dejar esto aquí —dijo sonriendo mientras se le escapaba una lágrima.
—Mejor dejémoslo aquí —dijo Niall aproximando su rostro al suyo. El beso salado por las lágrimas de Giselle supuso para ellos el final de la relación, fuera del tipo que fuese. Una manera algo peculiar con la que acabar.

Minutos después, una vez acabado el beso…
Abandonaron el hotel acercándose la noche.
—El coche está cerca. ¿Quieres que te lleve?
—No, creo que podré ir andando.
—Giselle…
—Vale —dijo mirándole. La había convencido con sólo su expresión. Además, se sentía más segura yendo con él.
Educadamente, le abrió la puerta del copiloto y ella entró. Cuando los dos estuvieron dentro se abrocharon los cinturones y la acercó a su casa.

Al llegar…
Niall aparcó el coche enfrente. Ella abrió la puerta y el ver las intenciones que tenía Niall de salir también, le dijo:
—No creo que sea buena idea.
Niall se lo pensó unos instantes.
—De acuerdo.
Acomodó su espalda al respaldo del asiento del conductor y observó a Giselle, que todavía no había salido del coche. Sendos se miraron unos momentos antes de que por fin la chica saliera.
—Adiós —dijo cerrando la puerta. Él le respondió desde el interior con un movimiento de mano y una leve sonrisa.
La persiguió con la mirada hasta que llegó al porche. Tenía intención de arrancar el motor en ese momento, pero la puerta de su casa de abrió y no fue porque a ella le diera tiempo a meter la llave. El chico se inclinó un poco hacia la ventanilla del copiloto, atento. Desde allí, aunque con poca intensidad, pudo escucharlo todo.
—Dónde has estado.
—Ya te lo dije, salí a mirar vestidos para el concierto.
—No me mientas, Giselle, estás hablando con tu padre.
El tono de voz del hombre que estaba en el umbral de la puerta ascendía poco a poco.
— ¡No te miento!
— ¿Has estado con alguien?
— ¡No, papá, salí a mirar vestidos!
Instintivamente Niall se agachó dentro del coche lo suficiente, pero la perspectiva le permitía ver algo.
— ¿Has vuelto sola? —preguntó el hombre anonadado.
—Sí. —Aquella respuesta Niall no la escuchó aunque la intuyó, puesto que la dijo en voz baja. Su tono era de arrepentimiento.
— ¡Cuántas veces te he dicho que no vuelvas sola a casa! ¡Tu madre debería haber ido contigo!
—Lo siento —dijo intentando aguantar las lágrimas.
— ¡No me sirve un “lo siento”! ¡Hoy es una disculpa y mañana ni regresas a casa!
El tono de voz del hombre ascendió de manera considerable. Niall casi podía oír sollozar a Giselle. No aguantó más y salió del coche. El sonido que provocó el cierre de la puerta alertó y atrajo las miradas de las únicas dos personas que había en esos momentos en la calle. Ambos rostros mostraban consternación.
Niall caminó unos pocos metros hasta que dijo:
—Yo la traje.
Vio la impresión que aquello le había causado a Giselle, la cual buscaba una respuesta razonable al por qué de todo aquello en sus ojos oscurecidos por la noche.
—Y tú quién eres —dijo secamente el hombre.
—Me llamo Niall —contestó habiéndose parado—. Si hay alguien a quien debe echarle la culpa de que su hija haya salido y vuelto hasta la noche, ese soy yo —añadió mientras caminaba hacia ellos de nuevo.

22/7/12

Especial: Capítulo 5. Especial

Una mañana cualquiera…
Niall se levantó y, como solía hacer habitualmente para estar energético todo el día, se preparó un café y se acomodó en el sofá. Hacía alrededor de dos semanas que no sabía nada de Giselle. La había llamado en numerosas ocasiones y enviado mensajes, pero no había obtenido respuesta alguna. Había perdido la cuenta de las veces que había intentado contactar con ella. No entendía qué había ocurrido. Todo había ido bien hasta que la besó. No sabía por qué no quería verle y lo evitaba. ¿Acaso había hecho algo mal? Llegó un momento en el que se desesperó y dudó si ir a verla a su casa o no, pero prefirió esperar unos días para ver si ella no se hacía de rogar. No quería presionarla demasiado, pero necesitaba respuestas. Además estaban sus padres, y se suponía que no debía verse con desconocidos y tampoco que la visitasen. Pero ¿él era un desconocido? La sobreprotegían y no dejaban que cometiera sus propios errores. Los humanos los cometen.
Daba golpecitos con un dedo sobre la superficie de la taza, pensativo, inquieto, dudoso. Soltó un largo suspiro y le dio otro largo sorbo al café. Otro más, ininterrumpido, y se lo acabó. Sostuvo unos minutos la taza entre sus manos hasta que se levantó para dejarla en el fregadero de la cocina y subió las escaleras.

Minutos después…
Bajó por éstas apresuradamente y cogió las llaves de encima de mesita. Al llegar al portal del edificio paseó unos momentos por la calle hasta encontrar su coche y se metió en él. Con el motor en marcha circuló por la carretera parándose intranquilo frente a los semáforos en rojo, golpeando con los dedos índices el volante. Finalmente llegó a su destino. Bajó del coche algo nervioso y cerró la puerta del conductor centrando su vista en el lugar al que había llegado. Reunió las energías que le había proporcionado el café de esa mañana y valor.
Se acercó con las manos en los bolsillos hasta el porche y tardó unos segundos en tocar a la puerta mediante una serie de golpes sucesivos. Esperó impaciente, cada vez más nervioso y menos convencido de la idea de haber ido. Instantes después la puerta por fin se abrió dejando ver unos ojos marrones. Se cerró de nuevo, se oyó un sonido que provenía del interior, el pestillo, y se volvió a entreabrir.
—Hola —dijo únicamente Niall esperando la reacción de la chica.
—Hola —dijo ella asomada desde detrás de la puerta como si quisiera esconderse de él.
— ¿Podemos hablar?
—Creo que no es buen momento… —contestó ella.
— ¿Y cuándo lo será, Giselle? —dijo él indignado alzando levemente los brazos. Ella apartó los ojos de él, con la mano en el borde de la puerta, y dudó unos instantes sin saber qué decir y qué hacer—. ¡Llevas semanas sin responder a mis llamadas y mensajes! —exclamó con tono entristecido—. ¿Qué pretendes? ¿Que no vuelva a verte? ¡Dímelo y así será! ¡Pero dímelo antes de que me vuelva loco!
—Niall… esto no es fácil para mí… —dijo ella suavemente, sin mirarle. Aunque él no lo supiera o no lo viera, ella estaba dolida por dentro.
—Ya veo —dijo él todavía enfadado.
Buscaba su mirada, con ojos chispeantes, y ella la evitaba.
— ¿Son tus padres? ¿No te dejan verme? —preguntó mirando por donde pudo hacia el interior de la casa.
—No, no son mis padres.
— ¿Entonces? —Niall se dio por vencido y alzó los brazos dejándolos caer después y chocando con su cuerpo. Su tono sonó más apagado.
Ella respiró profundamente y contestó.
—Soy yo.
— ¿Tú? —Niall entrecerró los ojos y frunció el entrecejo. Estaba confuso, no entendía nada.
Giselle se asomó más y miró a un lado y a otro para asegurarse de que no había nadie por allí.
—No deberíamos hablar aquí. Vayamos a un sitio más tranquilo —dijo bajando su tono de voz y asegurándose de que nadie les escuchaba.
Niall se resignó y soltó un suspiro.
—Está bien.
La chica cogió en un momento las llaves y salió de la casa. Él la acompañó hasta el coche abriendo la puerta del copiloto y permitiéndole sentarse, después la cerró como si se tratase del chófer y rodeó lo que necesitó el vehículo hasta situarse frente al volante. Lo arrancó y tomaron la dirección que la chica le indicó.

Cuando llegaron salieron casi al mismo tiempo. Habían salido de la ciudad hasta llegar a un riachuelo. Todo lo que le rodeaba eran árboles y hierba. Bajando una pequeña cuesta se sentaron frente al agua cristalina que permitía ver las siluetas de algunos peces.
—Hacía tiempo que no venía por aquí. Antes venía con mis padres, cuando era más pequeña, y hacíamos un picnic por esta zona. Por ese entonces en este lugar había gente, aunque claro, era verano cuando veníamos. Todavía no lo es —explicó con melancolía. Niall la escuchaba atentamente, callado.
— ¿Por qué dejaste de venir?
—Por una serie de acontecimientos que me cambiaron la vida… Mis padres desde entonces no dejaban que fuera sola. Tampoco podía… —Sus ojos resplandecían—. Siempre me sentía muy bien aquí. Me gustaba venir y respirar aire fresco, oler la hierba mojada, escuchar el agua correr… Me sentía tranquila —dijo—. Ahora que estoy contigo todavía más. Estamos solos, sin ruidos, sin nadie que nos pueda molestar. Sólo nosotros, nuestras voces y la naturaleza —sonrió débilmente.
Niall la miraba tristemente. Podía ver en sus ojos que su vida no era como ella la querría, y eso le hacía sentirse mal.
— ¿Y qué es lo que cambió? —se atrevió a preguntar el muchacho.
—Todo. —Giselle intentó reprimir sus lágrimas, pero no pudo. Escondió su rostro sobre las rodillas, rodeadas por sus brazos, para que Niall no la viera así y poder desahogarse mejor.
Él se acercó más a ella y la rodeó con los suyos, transmitiéndole su calor y dulzura.
Tras unos minutos ascendió su cabeza dejando ver un rostro afligido, sonrojado y mojado, y Niall notó un pinchazo en el pecho al verla. Le acarició con una mano el rostro, secándolo cuando sus dedos se encontraban con las lágrimas ya derramadas. Ella no se resistió más y se acercó de repente a él para besarle intensamente.
—Yo no soy como las demás —dijo casi musitando, con ambos rostros muy cerca.
—No, en eso tienes razón. Eres especial —pronunció Niall en voz baja también. Posó una mano sobre el rostro de ella, contemplándolo atentamente. Para él era preciosa.
—No… No lo entiendes —dijo apartando con suavidad la mano de su faz.
— ¿El qué tengo que entender? Te quiero tal y como eres, Giselle. Eso no cambiará.
Ella giró la cabeza hacia el otro lado.
—No debería haber permitido que ocurriera esto. Llegar a este extremo. No me conoces. No me querrás cuando lo hagas —negó con la cabeza.
— ¿Pero por qué dices eso? Es cierto que no nos conocemos desde hace mucho, que todavía quedan muchas cosas que compartir, pero… inexplicablemente me has hecho sentir cosas que no he sentido. Pareceré estúpido diciendo esto seguramente, pero es así —explicó—. Uff… —resopló y con las manos se agarró el pelo inclinando su cabeza. Sus codos se apoyaban sobre las piernas flexionadas.
— ¿Recuerdas que te dije que mis padres me vigilan casi constantemente? —soltó de repente. Niall elevó la cabeza súbitamente, con las manos todavía en el cabello, centrando en ella su mirada.
—Sí.
—Necesitan protegerme de… cierta gente —intentó explicar.
— ¿Qué gente? —preguntó Niall empezando a preocuparse.
La chica cogió aire y lo expulsó ruidosamente.
—Hay personas que querrían aprovecharse de mí, de lo que poseo por naturaleza. Sí, es cierto que soy especial, pero no de la manera que crees… —hizo una breve pausa—. Yo…
— ¿Tú…? —El interés de Niall aumentaba por momentos. ¿Qué ocurría? ¿Por qué no se lo decía de una vez?
Le miró un instante, entre asustada por lo que pudiera pensar y decidida.
— ¿Ves ese pájaro que vuela? —preguntó mirando al frente, ligeramente hacia arriba.
—Sí —respondió observándolo también.
El pájaro se acercaba, volando sobre los árboles.
—Esto es lo que soy.
Alargó el brazo, enseñando la palma de la mano, y el pájaro se inmovilizó en el aire. Niall se quedó sin palabras. Contemplaba con la boca abierta el suceso, al pájaro quieto como una estatua que todavía flotaba en el aire. Quiso decir algo, aunque no sabía exactamente el qué, pero finalmente no pudo pronunciar palabra.
—Soy diferente. No por ello me considero un monstruo, pero no puedo pensar que soy como los demás. Por eso mi familia me protege, por eso no quiero mezclarte en esto. No estoy hecha para ti, y seguramente para nadie.
—En eso te equivocas —pronunció al fin, dirigiendo su mirada a la mujer que se sentaba a su lado. Porque eso era, una mujer—. Piensas que no encajas en este mundo, pero no es así… —asió su rostro entre sus manos—. Estás hecha para mí, entonces… —Y la besó nuevamente. Sus labios se separaron, pero volvieron a unirse cada vez con más intensidad. Sus frentes quedaron pegadas mientras se miraban. A Giselle se le escaparon algunas lágrimas.
—Pero mis padres querrán conocerte cuando sepan lo que sabes. Querrán que no digas nada y te obligarán a que me protejas una vez sepan que eres bueno y honesto. Te condenaré toda tu vida…
—No digas eso. —Sus manos continuaban en el rostro de ella. Cada lágrima que descendía la secaba con los pulgares—. No tienen por qué saberlo.
—La mentira los enfurecería. Quieren que les sea sincera siempre para poder protegerme.
Comenzó a sollozar, lo que partió el corazón de Niall que intentaba consolarla con su presencia.
—Si te he contado esto es porque he empezado a sentir algo y confío en ti, y para que sepas que cuanto más lejos estés de mí más a salvo estarás. Podrían hacerte daño… Por eso no respondía a tus llamadas. El beso… fue el mejor de toda mi vida, pero no podía dejar que esto continuara. Ni puedo. Entiéndelo, por favor… —sollozada ruidosamente, dejando escapar todas las lágrimas que necesitaban salir, desesperándose. Aquello se le había ido de las manos.
Ahora todo se complicaría más y no sabían cuánto…

13/7/12

Especial: Capítulo 4. Algo más

Al día siguiente…
Se inclinó sobre el lavabo y se refrescó el rostro, despejándose así mejor del sueño. Se contempló en el reflejo y se dedicó una sonrisa, seguro de sí mismo. De camino a la cocina escuchó sonar su móvil. En la pantalla aparecía el nombre “Giselle”. Sonrió tímidamente y lo cogió.
—Hola.
—Hola —repitió ella. Su voz, naturalmente, sonaba más extraña de lo habitual—. ¿Te apetecería que diésemos una vuelta esta tarde? Aunque te aviso que no puedo volver muy tarde.  Se supone que tendría que estar en casa practicando piano.
— ¿Tocas el piano?
—Sí. —Una risita sonó al otro lado de la línea.
—Eso me gustaría escucharlo yo… —dijo Niall con anhelo, deseoso de escucharla tocar.
—Algún día... O esta tarde...
—Entonces quedamos en eso —dijo apresuradamente. Ella no pudo evitar reír.
— ¿A las seis en la plaza de ayer?
—Allí nos veremos. —Y algo surgió en el interior de Niall, un cosquilleo en el estómago.
—Vale —pronunció ella con un tono de voz dulce que sacudió el pecho del chico—. ¡Nos vemos esta tarde, entonces!
—Adiós. —Y él se aseguró de que ella colgaba primero para evitar hacerle un feo. Después pulsó el botón rojo para volver al menú principal. Sostuvo unos instantes el aparato en su mano, pensativo, y lo dejó en la mesita que se situaba entre el sofá y la televisión. Saltó de alegría enseñando el puño y, como si tal cosa, se dirigió tranquilo a la cocina para tomarse el café de ayer.

Esa tarde…
Paseaban por un parque céntrico de la ciudad. Parejas se acomodaban en los bancos y hablaban entre ellas o se besaban cariñosamente. Giselle sostenía su bolso entre las manos, pegado al abdomen.
— ¡Oh, mierda! Espera —dijo ella alzando del suelo un pie. Niall paró y se giró hacia la chica—. Creo que me han entrado algunas chinas —añadió quitándose la sandalia y sacudiéndola en el aire.
Cuando se la volvió a poner perdió el equilibrio y su cuerpo se ladeo hacia un lado a punto de caer. Niall reaccionó rápidamente y la agarró por los brazos, ayudándola a incorporarse y tenerse en pie.
—Cuidado —dijo él casi susurrando. Ella enrojecía por momentos.
—Lo siento, soy una torpe —dijo tímidamente, incapaz de mirarle a los ojos.
—No pasa nada —pronunció Niall afablemente.

Minutos  después…
Se habían sentado en un banco. Charlaban sobre lo bien que se estaba allí, contaban anécdotas, reían, se sonreían mutuamente. Cosas sin importancia aparentemente pero que conseguían hacerles dichosos.
— ¿Y cuándo decías que me enseñarías lo bien que tocas el piano? —preguntó Niall. La chica rió.
—Bueno, creo que no hay nadie en mi casa —contestó—. ¿Te sirve? —mostró una sonrisa y arqueó las cejas burlonamente.
Niall dudó graciosamente unos segundos, haciendo gestos raros que hacían reír a Giselle, y eso le gustaba.
—Sí, creo que me vale —contestó  haciéndose el interesante, con una mano en la barbilla. Se miraron un momento a los ojos, dejando atrás las risas. Apartaron la mirada a la vez instintivamente y se levantaron del banco intentando disimular la rapidez con que lo habían hecho.
Posteriormente caminaron pausadamente hasta la casa de Giselle.
—Bonita casa —comentó Niall elevando la cabeza.
No vivía en comunidad sino en una casa de dos pisos con terraza.
—Gracias.
Sacó las llaves y abrió dejando paso primero a Niall para luego pasar ella.
Niall, asombrado, contemplaba la maravillosa casa.
—Permíteme repetirte que tienes una casa muy bonita.
Cuando divisó el piano se aproximó y rozó sus dedos con la negra y brillante superficie. Giselle se acercó por detrás y, con una sonrisa que mostraba un ápice de timidez, levantó la tapa y se acomodó en la silla sin respaldo de terciopelo rojo. Él, a su lado, en pie, contemplaba la manera en que ella respiraba profundamente y cerraba los ojos con el fin de relajarse y dejar llevar sus dedos sobre las blancas teclas.
—Estoy algo nerviosa —confesó.
Niall hizo ademán de sonreírle, pero no lo hizo en su totalidad para que ella se sintiera más relajada, en el silencio.
Se decidió por fin a tocar posando sus dedos sobre las teclas correspondientes que daban comienzo a la música que interpretaría. Cuando comenzó, Niall escuchaba atento, alternando con su mirada manos y rostro de la chica. Realmente lo hacía fenomenal. Sus dedos prodigiosos se posaban suavemente sobre las teclas, uno de sus pies subía y bajaba, y la música se expandía por la habitación. Para él era música celestial. Le fascinaba. Tanto ella y su manera de tocar como la música que hacía sonar. Maravilloso.
Y no lo pudo resistir. Posó una de sus manos afectivamente sobre otra de Giselle y esta dejó de tocar, mirándole entre sorprendida y desconcertada. Él se inclinó acercándose más a ella, a su rostro. Ella le miraba extasiada. Poco a poco iban cerrando los ojos, dejándose llevar. A unos centímetros los volvieron a abrir tenuemente, lanzándose una última mirada. Entonces él unió sus labios a los suyos. La chica apartó sus manos del piano y las puso en la nuca de Niall, sin este quitar la suya de donde la había colocado antes.
Separaron sus labios y se miraron a los ojos. Ambos confusos por saber qué había pasado. Lentamente, ella apartó las manos de la nuca y Niall se puso erguido en su totalidad.
—Y-yo… —intentó decir el muchacho.
Ella permanecía en el mismo estado en que había estado segundos antes de besarla. Él comprendió que quizá no había estado bien lo que había hecho. Pero se dejó llevar por lo que sentía y en fondo el arrepentimiento surgía por la expresión de la chica, que no dijo nada hasta pasados varios y largos segundos.
—Creo que… deberías irte —frunció ligeramente el entrecejo, confusa aún. Tras sus palabras, alzó la vista y le miró. En su interior sentía verdadera tristeza. No quería hacer lo que hacía, pero creía que era su deber. Lo correcto para ambos. No pretendía ser egoísta.
Niall, sumiso, abandonó la estancia y se encaminó sin compañía a la puerta. La abrió mirándola después a ella, que permanecía sentada todavía. Inmóvil.
Aquella última mirada a la chica que había besado y salió por la puerta cerrándola tras de sí. Al salir corría algo de aire e inspiró profundamente, mirando al frente. Expiró en forma de suspiro y empezó a caminar rumbo a casa. La tarde le había parecido corta, ya que aún eran las siete y media, aunque intensa. En el fondo, no se arrepentía de lo que había hecho pues no veía error alguno en un beso que salía del alma. Y creía pensar que a ella tampoco le molestaba eso. Y no se equivocaba. Porque aunque en el fondo no debiera, a ella le hubiera gustado que aquel beso continuara hasta que sus labios se cansasen.

7/7/12

Especial: Capítulo 3. Reencuentro

En la ciudad…
El sol iluminaba las copas de los árboles dándoles un brillo especial que insinuaba el comienzo de un gran día. Niall contempló el panorama a través de la ventana, a cierta distancia, y no le sorprendió aquel día soleado que se anunciaba; el verano se acercaba. Se dejó caer en el sofá con una taza de café entre sus manos y encendió la televisión en busca de entretenimiento. Los domingos no trabajaba y ese día en concreto no tenía nada interesante a lo que dedicarse. Le dio un pequeño sorbo al café con el que se quemó el labio superior y un poco la lengua y lo dejó en la baja mesa que tenía frente a él. Cogió el mando y cambió de canal unas cuantas veces, pero a esas horas no echaban nada interesante. Todavía eran las ocho. Exceptuando los dibujos animados. Se levantó pesadamente, algo cansado del día anterior, y subió a su habitación para ponerse su chándal. Bajó vertiginosamente por las escaleras, cogió las llaves y salió de la casa cerrando con llave. Poniéndose el MP4 para hacer más amena la carrera, bajó animado hasta el portal. Una vez fuera, flexionó hacia arriba unas cuantas veces las rodillas y comenzó con la marcha calle arriba. Cada zancada la hacía al ritmo de la música, al menos de la canción que escuchaba en esos instantes, lo que lo animó a continuar. En esos momentos apenas había transeúntes en las calles de aquella ciudad.

Una hora más tarde…
Abrió la puerta de su piso agotado y se encaminó directamente a la cocina para abrir el frigorífico y beber ininterrumpidamente agua de su botella. Miró unos instantes en el interior del electrodoméstico por si se decidía a tomar algo de lo que allí había y finalmente cogió un par de huevos para freírlos.
Se los comió rápidamente y al entrar en el salón recordó su taza de café a medio tomar, o más apropiado, sin tomar. No le apetecía tomárselo ahora, así que lo metió en la cafetera y ésta en el frigorífico. Le esperaba una mañana llena de aburrimiento.

A la una del mediodía…
Salió a comprar pan, ya que apenas le quedaba, y, una vez lo dejó en casa, le apeteció salir a dar una pequeña vuelta. Así hacía tiempo hasta comida y no estaba en casa sin hacer nada, sentado en el sofá y viendo nada en la televisión. Mientras caminaba por la calle, entre la multitud, se acordó repentinamente de ella. No sabía cómo ni por qué, pero sentía que aquella chica del vestido rosa claro le había cautivado desde prácticamente el primer momento en que la vio.
Pasando por una plazuela advirtió que había un mercadillo de cosas antiguas. Se adentró en ella y pasó la vista un poco por encima al contenido de cada una de las tiendecitas, curioseando. Una en especial le llamó la atención: cajas de madera talladas sutilmente. Le recordaban a una que tuvo su abuela, ya fallecida, y se dispuso a coger una cuando una voz preguntó al vendedor por el precio de las mismas. Esa voz familiar originó un movimiento de cabeza hacia su derecha y el encontronazo con la sonrisa de Giselle. Esta se percató y repitió el mismo movimiento hacia el lado contrario.
— ¡Hola! —dijo con alegría—. Qué casualidad, ¿qué haces por aquí?
Niall dudó unos instantes, intentando analizar la situación en la que se encontraba, para después pronunciar decidido con una bonita sonrisa en los labios sin llegar a mostrar los dientes:
—Lo mismo que tú.
—Un chico de pocas palabras, por lo que veo —sostenía entre sus manos un vaso cuyo contenido parecía claramente café.
— ¿Es eso café?
—Sí, esta noche apenas he dormido —clavó sus ojos en los de él y este sintió que perdía la capacidad de saber dónde estaba.
—Sí, el verano parece estar a la vuelta de la esquina.
—No, no es por el calor… Es… Bueno, da igual —soltó una risita, detrás de la cual Niall pudo percibir nerviosismo. Se echó un mechón de pelo castaño tras la oreja tímidamente y aquel movimiento actuó como un golpe en el pecho del chico.
— ¿Puedo invitarte a algo? Podríamos comer en un sitio que conozco muy bueno —dijo decidido, confiando en sus posibilidades. La chica dudó unos instantes.
—No sé… Tenía pensado volver a casa… No he avisado, principalmente porque no sabía que pasaría esto.
— ¿Avisar? Giselle —se estremeció al pronunciar su nombre por primera vez, en voz alta—, no creo que te echen demasiado en falta, supongo que puedes tomarte algo con un… conocido —dudó unos segundos y finalmente pronunció la última palabra entendiendo que sería el término más adecuado.
—Digamos que me tienen algo controlada —ladeó ligeramente la cabeza y esbozó una mueca lateral—. Y se lo agradezco, sinceramente.
—Bueno, pues si es lo que quieren y tú lo ves bien… —comenzó a pronunciar gesticulando de manera explicativa con una de sus manos mientras la otra la mantenía guardada en el bolsillo del pantalón—Llama —sonrió.
Ella repitió el último gesto y sacó el móvil lentamente, algo resignada: había logrado convencerla. Buscó en sus contactos el teléfono indicado y a continuación se acercó el móvil a la oreja echándose detrás de la misma casi todo el pelo de aquel lado.
—Sí, soy yo. Hola. Me he encontrado con alguien y… Sí… No volveré hasta esta tarde… Sí..., seguro, no os preocupéis. De acuerdo… Lo sé, yo también. ¡Nos vemos luego! —se apartó de la oreja el aparato y colgó pulsando el botón rojo. Volvió a guardar el móvil en el bolso y junto ambas manos, entrelazando dedos entre sí —. Ya está.
—De acuerdo, vamos —no cesaba de sonreír. Nunca hubiera imaginado que en ese momento estaría a su lado. Nunca hubiera imaginado conocer a una persona como ella que, aunque apenas la conociera, era capaz de transmitirle muchas cosas. Cosas inexplicables. Todo parecía distinto, distinto a su vida cotidiana. Y ni siquiera entendía por qué se cuestionaba todo aquello.
Caminaron unos minutos hasta que llegaron a una tapería. Tomaron asiento en la zona pegada a la pared, cuyas mesas formaban una casi perfecta fila. Giselle se sentó en el asiento desde el que podía ver el exterior a través de la cristalera, observando a las personas que pasaban por allí. Niall se situaba en frente de ella, con los codos apoyados encima de la mesa y sus dedos entrelazados entre sí, frente a su faz.
Cuando el camarero se acercó a ellos para tomar nota y sacó una libretita del bolsillo del delantal azul marino que llevaba, grabado en él el nombre del lugar y un símbolo que lo identificaba, Giselle se giró ligeramente para poder mirarle a la cara mientras éste sostenía en una mano un bolígrafo. Niall le hizo un gesto al chico en ademán de que pidiera ella primero, y entonces dirigió su mirada a Giselle, la cual comenzó a pedir lo que deseaba. Después, apuntó en aquella libreta lo que quería tomar Niall y se alejó tras guardarse el bolígrafo con una sonrisa en el rostro.
—Nunca había estado aquí —comentó ella echando una rápida ojeada en derredor.
—Pues ya es la primera vez —apartó los codos de encima de la mesa—. Yo venía aquí a menudo con amigos o familia —añadió esbozando una sonrisa con un ápice de melancolía.
—Es… acogedor —apostilló Giselle encogiéndose de hombros como si se quisiera esconder, pero mostrándole una bella sonrisa al establecimiento.
—Aquí la comida es muy buena, además no te quedas con hambre.
—No me has preguntado si estoy a dieta —ladeó la cabeza hacia la izquierda a modo de reproche, pero distinguiéndose la picardía en sus labios y ojos.
—No te has pedido una ensalada —señaló Niall del mismo modo en que ella lo había hecho. Giselle se echó a reír y posteriormente se tapó los labios con una mano, tímidamente, como sintiendo vergüenza de que la viera reír. Y fue totalmente al contrario, pues aquello iluminó los ojos de Niall en el mismo instante en que escuchó su risa.