Mostrando entradas con la etiqueta "Gotas de lluvia". Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta "Gotas de lluvia". Mostrar todas las entradas

13/11/11

Capítulo 14 "Gotas de lluvia"

El verano llegaba a su fin, Julia y Pablo querían hacer enfermería así que ambos se irían a la misma universidad. “Qué casualidad”, pensé mientras lancé al aire un largo suspiro. “Y qué morro".

Quedamos una tarde como despedida y nos tomamos un cubata cada uno, después pedimos unas tapas en otro lugar y comimos entre risas, mejor dicho, cenamos.
-¡Oh, verano! ¿Por qué nos abandonas en tan pronto día y nos dejas a vera de un largo y tortuoso curso de tan dificultosas asignaturas?-exclamó Julia en plan poeta. Pablo y yo aplaudimos con nuestra más amplia sonrisa. Julia hacia una reverencia mientras decía repetidamente “gracias, gracias”.
-Bueno, supongo que no nos veremos hasta Navidades…-suspiré.
-Siempre podemos gastar saldo.-me guiñó Julia pícaramente un ojo.
-Sí.-reí. Me acerqué a Julia y le di dos besos y un fuerte, fuerte abrazo. A Pablo le di un abrazo y le susurré al oído: “Cuídamela, ¿eh?” “Tranquila, está en buenas manos”, me respondió entre bisbiseos.
De camino a casa, ya casi de noche, un muchacho con una bicicleta me dio con una de las ruedas en mi gemelo izquierdo.
-¡AY! ¡Lo siento, lo siento, lo siento! ¡Lo frenos no funcionaban!-me decía mientras me agarraba de los brazos y me levantaba del suelo.
-Creo que no ha sido nada…-formulé mientras intentaba apoyar mi pie sin que me doliera demasiado el gemelo.
-¿Diana?-dijo entonces él. Levanté la vista del suelo y mis ojos se clavaron en los de Sergio.
-¡Hola!-exclamé tímidamente.-No pensé que el chico que me ha arrollado con la bicicleta fueras a ser tú.-reí.
-Tanto como arrollar… más bien rozar.-soltó con tono humorístico.
-Hacia mucho que no nos tratábamos así.-dije con nostalgia.
-Sí, las cosas cambian.-comentó.
-¿En serio las cosas cambian o cambiamos nosotros?
-Vale, la segunda.-rió. Le afirmé la respuesta con una cálida sonrisa.
-Tengo que irme a casa.
-¿Pero puedes andar?-se interesó mirándome la pierna.
-Creo que sí.-contesté. Comencé a andar y el futuro cardenal que me saldría era sustituido por un dolor intenso cada vez que apoyaba el pie.- ¡Aish!-exclamé.
-Espera que te llevo yo.-propuso.
-No, no, puedo yo sola, en serio.-intenté convencerle alzando mis manos y agitándolas nerviosamente.
-Diana, déjame que te ayude. Como amigo tuyo que soy.-me miró seriamente, hablaba en serio. Asentí y entonces me ayudó a subirme a la bicicleta. Yo me senté y apoyé mis manos en el extremo interior de los manillares mientras que él la manejaba cogiendo los manillares de los extremos externos y desplazándola mientras se mantenía en pie de la misma, igual que lo hizo Nicolás el último día de verano en que nos vimos. “¿QUÉ? ¿EL ÚLTIMO DÍA DE VERANO?”, pensé atónita. “Hoy es en último día de Agosto, mañana me voy a la universidad para adaptarme a la residencia y acomodarme, no veré hasta dentro de mucho a Sergio, hoy nos despedimos y vamos montados en bicicleta… ¡Es justo lo que ocurrió con Nicolás el año pasado! Sólo que la historia cambia un poco. Aunque ahora entiendo por qué se fue antes de que comenzaran las clases… pero el que no me visitara ni me llamara… no tenía una excusa aparente.

Llegamos a la calle en la que vivía, él lo sabía por las veces en las que habíamos quedado y me había acompañado hasta mi casa. Me bajé de la bicicleta aún dolorida y él me ayudó agarrándome de la cintura a llegar al portal.
-Muchas gracias, Sergio.
-¿Por qué? ¿Por haberte dado un golpe en el gemelo? Bah, no ha sido nada.-dijo bromeando mientras en el “bah” alzaba su mano derecha y después la dejaba caer.
-Mañana ya me voy de aquí, espero que algún día nos volvamos a ver.-le abracé dulcemente como un amigo y después entré. Estando en el interior con la luz dada, elevé la mano y la giré hacia los lados mientras mis labios se movían pronunciando un “adiós” que él no fue capaz de escuchar pero sí de entender. Tras aquello, resignado, cogió la bicicleta y se marchó, yo subí las escaleras hasta llegar a mi piso y abrí la puerta. Ya eran las diez y media, tenía que descansar para madrugar al día siguiente y marcharme temprano. Comprobé que todo estaba listo y me acosté entrando en un sueño profundo rápidamente.

30/10/11

Capítulo 13 "Gotas de lluvia".

Un miércoles caluroso de Agosto, Julia y Pablo me llamaron porque querían decirme algo muy importante. La verdad es que no me podía imaginar aquello que querían decirme, en cierto modo obvio.
Quedamos en “La crème de la crème”, una cafetería donde servían tortitas, creps, cafés, tilas, bombones, helados, tés; un poco de todo, era una cafetería céntrica.
Cuando llegué ellos ya habían cogido sitio en una de las mesas más cercanas al cristal del lugar. Formado por tonos oscuros la mayoría, la otra parte claros. La pared era morada oscura, el mostrador marrón claro, las sillas modernas que conformaban una serie de figuras extrañas, las mesas blancas y redondas y el suelo hecho de madera oscura.

-Bueno, decirme.-me dirigí a ellos cuando me senté y aparté mi bolso a un lado.
-Queremos mencionarte dos cosas. Una te sentará mal y otra bien. ¿Cuál prefieres primero?-habló Julia.
-Primero deseo pedir.-dije emocionada cual niña pequeña. Una camarera vio nuestra mesa y se acercó.
-Decidme.
-Una tortita con chocolate y nata.-pedí.
-Un café con leche.-dijo después Julia.
-Un crep de chocolate y nata.-formuló por último Pablo.
Ambos parecían agobiados.
-Chicos, ¿os pasa algo?-dije con una sonrisa.
-No, nada…-comentó Pablo poniéndose la mano en la nuca.
-Parecéis nerviosos.-dije. Estábamos sentados formando un círculo alrededor de la mesa. Pablo, después yo y por último Julia. Aunque si cambiamos los sentidos podría ser Julia, Pablo y yo y viceversa.
Cuando nos pusieron en la mesa lo que habíamos pedido, Pablo y yo comenzamos a comer rápidamente, Julia en cambio le dio un sorbo al café con leche que sostenía entre sus manos.
-Venga, contarme.-pedí.
-¿Por dónde empezamos?-preguntó girándose hacia Pablo. Yo me quedé observándolos a ambos interesada.
-Por lo bueno.-dije con una leve sonrisa.
-¿Qué?- Julia se sorprendió.
-Antes has dicho que había una cosa que me molestaría y otra que no, empieza por la que no.- Pablo y ella se lanzaron una mirada y con un gesto imperceptible decidieron decírmelo.
-Pablo y yo nos gustamos y desde hace tres días somos pareja.-me transmitió la información Julia mientras le cogía de la mano, apoyadas encima de la mesa.
-Vaya, ¡es genial!-expresé muy contenta. Después me levanté y les di un fuerte abrazo de enhorabuena a ambos.- ¡Felicidades!
-Muchas gracias Diana, ya sabes lo mucho que significa tu apoyo para los dos.-comentó Pablo y me sonrieron.
-Oh vamos, es fantástico, ¡claro que os apoyo!-exclamé.-Lo que no me parece bien es que me lo hayáis ocultado estos tres días.-les miré con cara de enfadada, sarcástica. Ellos ya me conocían.- ¿Y la otra cosa que me queréis comentar cual es?-me volví a sentar.
-¿Qué tal vas?-preguntó Julia.
-Pues bien.-la miré con cara desconcertante.
-¿Estás bien, bien?-volvió a preguntar.
-Sí, ¿por?
-Julia quiere saber si has superado lo de Nicolás.-Pablo fue directo al grano, por ello Julia le dio un ligero codazo en el costado. No sabía qué decir, pensé que ya no sacaríamos el tema nunca más, que había quedado zanjado.
-Creo que sí.-contesté. La cara de ambos mostró alivio.
-¿Te sientes capaz de empezar una nueva relación sin pensar en él?-dijo Julia.
-No lo sé… pero ¿cómo que una nueva relación? JULIA.-la miré con cara de asesina.
-No, no he llamado a ningún conocido para que te conozca y salgáis. Simplemente es para estar segura de que si te gusta un chico y decidís ser pareja, no pensarás en Nicolás.
-Creo que no. Además, ahora mismo no estoy para pensar en futuras relaciones sino en los estudios. Ya he tenido por el momento dos relaciones y la verdad es que no acabaron del todo bien, aunque digamos que una no llegó a acabar.
-¿Ves? Ahora estarás pensando en Nicolás.-intuyó mi mejor amiga.
-Tienes razón.-agité la cabeza y lo saqué de mi mente. Me di prisa y me acabé en menos de un minuto la tortita.
-Bueno chicos, siento irme tan pronto, pero me gustaría adelantar un trabajo que me mandaron ayer. Otro día quedamos cuando tengamos todos más tiempo y hablamos mas tranquilamente, ¿os parece?
-Claro.-dijeron al unísono. Cogí mi bolso que lo había dejado sobre una de las sillas de la mesa vacías y salí de la cafetería.
¿Habré olvidado del todo a Nicolás o aún me quedan pequeños recuerdos?”, pensé.
-Creo que la segunda.-musité y a la vez suspiré profundamente por las calles céntricas de la ciudad.

9/10/11

Capítulo 12 "Gotas de lluvia".

Nunca pude saberlo, bueno, nunca no.
Aunque he de decir que mi historia con Sergio, el chico que conocí en Cullera y que era de mi misma edad, también fue muy intensa.
Todo comenzó la mañana del martes de esa misma semana, Semana Santa.Volvíamos de la playa cargados hasta las orejas. Le tocamos al botón del ascensor y subimos hasta nuestro piso. Al abrirse la puerta del mismo, salí y, sin ver absolutamente nada porque tenía la sombrilla en la cara, me choqué con él y se me cayeron varias cosas al suelo. Pasé mucha vergüenza, ocurrió delante de mis padres. Pero el muchacho me sonrió y me tranquilizó con un “No pasa nada, esto le pasa a cualquiera” y ayudándome con las cosas que habían caído. Bueno… en eso discrepaba. Las cosas que me pasaran a mí no les pasaban a nadie, de eso estaba segura. Porque cada uno tiene su vida y su forma de ser y, por lo tanto, vive de diferente modo. Reconozco que era de las que viven con torpeza, por lo menos en el momento en que fui una adolescente.
Después de aquello me lo volví a encontrar cuando bajé a la piscina del hotel. Me metí sin darme cuenta de su presencia. Fue con un “hola” que sonó a mis espaldas y me asustó con lo que supe que estaba allí. Solía pasar coincidir con la misma persona en el sitio que menos te esperabas. Nos alojábamos en el mismo hotel, pero aun así me sorprendía de estas coincidencias. Llegó un momento de mi vida en que dejé de asombrarme. Aunque para ello tuvieron que pasar muchas cosas…
Entablamos una agradable conversación mientras nos bañábamos. Me dijo de tomar algo esa tarde y acepté. Fuimos a una pizzería y, con el dinero que nos habían dado nuestros padres, cenamos. Parecía raro que tus padres te dieran dinero para salir a cenar con un chico que acababas de conocer. Pero resultaba que sus padres y los míos se conocían de antes, y me dijeron que él y yo habíamos estado jugando muchas veces de pequeños. Pero como no tengo muy buena memoria de cuando tenía dos o tres años, no lo supe reconocer. Cualquiera lo hace después de casi trece años. Mientras tanto ellos se fueron a tomar un café.
Cenamos dos pizzas familiares enteras y hablamos un rato. Él también era de donde yo, y en párvulos fuimos dos años al mismo colegio y a la misma clase. De eso se conocían nuestros padres y, evidentemente, nosotros. Pero después se mudó y se cambió de colegio, en la otra punta de donde yo vivía, por eso ya no coincidimos más, aunque era extraño en trece años no haber concurrido ni una sola vez...
Cuando volvimos del viaje quedé varias veces con él.

-¿Quieres... que tengamos algo más?-me preguntó un día mientras caminábamos por la calle. Se le notaba presionado, aunque no tenía por qué estarlo.
-Podemos intentarlo.-le dije. Aunque no estaba segura de ello. Sergio era un chico genial, pero no como Nicolás. No sé por qué pero tenía algo que me llenaba y no era capaz de sacármelo de la cabeza. 
Hice muchas cosas divertidas con Sergio, como caerme de los columpios en un parquecillo, jugar al Sing It, irnos de vacaciones con nuestros padres días de fiesta y echarnos agua mutuamente en el mar, pasear por la playa, casi caernos por el balcón del hotel cuando estábamos haciendo el tonto… Sí, fue una experiencia formidable. Pero supe que no lo quería como pareja, sino como amigo. Así que se lo dije el último día que estuvimos de vacaciones. Se encerró en la habitación del hotel y no quiso salir. A sus padres les dijo que se durmió con la música puesta y que no escuchó los golpes dados a ésta. Nuestros padres nunca supieron lo que fuimos.
Ya no volvimos a quedar. Cuando nos juntábamos era porque nuestros padres se reunían en alguna cafetería y nos obligaban a venir. Y casi ni nos mirábamos, tan sólo nos saludábamos y despedíamos. Incluso mis padres y los suyos lo notaron.

-¿Qué ocurre con Sergio? Ya casi no habláis.-me preguntó un día mi madre cuando llegamos a casa después de estar con ellos.
-Eso me pregunto yo. Ya no os lleváis tan bien como antes.-comentó mi padre.
-No… lo que pasa es que cada uno está en lo suyo y hay veces en las que no hay tiempo para quedar.-una excusa pésima. Pero en tres segundos no se me había ocurrido otra cosa mejor. De acuerdo, hace nada nos habíamos reunido, pero creo que en eso no cayeron mis padres, o se hicieron los tontos y no pidieron más explicaciones.

Ya quedaba poco para las vacaciones de verano, el tiempo se había pasado de forma vertiginosa. Y con ello, acabé el Bachiller y me matriculé en la facultad de Medicina y Odontología de Valencia. Mis padres y yo dudábamos al principio entre varias, pero nos pusimos de acuerdo.
Y cómo no, allí también viví mi pequeña historia de amor. Pero antes de nada, queda contar un poco de ese verano, que también estuvo lleno de sorpresas y emociones.

25/9/11

Capítulo 11 "Gotas de lluvia".

-No tienes por qué contármelo si no quieres…
-Si quiero.-hice una pequeña pausa, después continué.-En este banco surgió mi primer beso con la persona que más he querido hasta ahora y que aún no he conseguido olvidar. Pasé muchas, muchísimas cosas maravillosas con él de las que no me arrepiento. Pero él se marchó este año a la universidad, nos despedimos cálidamente el último día de Agosto, y ahora está estudiando y hace tiempo que no lo veo. La Navidad se aproxima y no sé si vendrá a visitarme, aunque lo haga con su familia. No he recibido una sola llamada desde entonces, ni una. Ni un solo mensaje. Por eso pensé que quizás era él el del sms de esta mañana, pero estaba equivocada. No quiero que te siente mal, pero no quiero tener ninguna relación con ningún chico porque le sigo queriendo y porque no sé si el aún me quiere a mí.
-Seguro que sí.-comentó suavemente.- Me alegro de que te hayas sincerado conmigo, porque aunque nunca pueda llegar a gustarte como pareja, siempre cabe la posibilidad de ser amigos, y tú has confiado en mí como si de un amigo se tratara. Gracias.-pausó.-No quiero que te sientas presionada. Sí, es verdad que eres una chica atractiva, Diana, y que he intentado que ocurriera algo más entre nosotros, algo más que una simple amistad. Aunque por lo que he visto no eres fácil, y eso es positivo, ni siquiera sé si en este tiempo atrás surgió una amistad… Si tampoco quieres que seamos amigos lo respetaré, sólo dímelo.-su mirada seguía siendo sincera, era afligida, pero tan intensa…
-¿Por qué piensas que no quiero que seamos amigos?
-No lo sé. Porque eso es lo que tú me has mostrado este tiempo.-me miraba de la misma forma.
-Eres un chico fantástico, Pablo, claro que me gustaría que fuéramos amigos. Además, ahora que sabes una cosa muy importante para mí quiero tenerte cerca y vigilarte de que no lo cuentes.-le sonreí, captó rápidamente mi indirecta. Era un sí. Sí quería ser su amiga, porque me había dado confianza y yo había confiado en él, y eso era algo muy importante en una amistad. 
Después de eso nos tomamos unas tortitas con chocolate, él la pidió también con caramelo, y nos reímos de los comentarios absurdos que decíamos uno y otro.
Al día siguiente llegué al instituto y Julia me esperaba en la puerta de la clase.
-¿Qué? ¿Qué tal todo?-me preguntó impaciente. Le conté todo, desde quién me había mandado el sms y quién le había dado mi número, hasta que terminamos siendo amigos después de confiarle algo muy personal.
-¿QUÉ?-expresó cuando acabé. Los ojos se le salían de las órbitas.- ¿Cómo le cuentas eso?-se sorprendió, pensé que se lo iba a tomar bien.
-Yo también dudé después de contárselo, pero se ve buen chico. Además, puedo contarlo con normalidad, si pasan las Navidades y no me visita me olvidaré de él. Será algo que podrá formar parte del pasado.-le expliqué. Mis palabras eran honestas y sabía que no me había equivocado al contarle aquello a Pablo. El mismo moreno que había conocido en el pub, y que comparado con el de ahora, no tenía nada que ver. “Son personas distintas. Cosa de la confianza”, me dije.
Seguí quedando con Pablo, con Julia y con demás. Pablo y Julia entablaron una agradable amistad y ya casi éramos inseparables. Era extraño quedar sin que no fuéramos los tres. Pronto llegaron las ansiadas Navidades en las que aunque pienses que toca descansar, te mandan un libro para leer en el instituto o decides repasar lo que se ha dado nuevo para ir preparado a la vuelta. Yo no las llamo “Vacaciones de Navidad”, basta con llamarlo…”Navidad”.

Cené en varias ocasiones con mis padres y mi familia, a veces solos nosotros tres. Charlé con mis primos, escuché las conversaciones de los adultos, aunque pronto lo sería, y me puse a leer un libro nuevo (no era del instituto, por suerte no nos habían mandado) y a repasar temario reciente. También esperé una llamada, para avisarme de que venía a visitarme. Pero nunca ocurrió, mis esperanzas se fueron a pique, cual gaviota que vuela por encontrar alimento y se estrella contra el suelo.

El día de Reyes unos regalos aguardaban bajo el árbol, para Navidades no me habían traído nada, prefería esperarme hasta el final y recibir todo conjuntamente. Pero el día de Navidad cenamos mis padres y yo tranquilamente mientras veíamos la tele. Al abrir el primero me encontré una camiseta de manga larga morada con unos dibujos de flores y pájaros sorprendente, era muy bonita. El segundo fueron unos pendientes de oro. Y el tercero unas converse, las zapatillas que más me gustaban, rojas.
Mis padres también recibieron sus perfumes, jerséis y algún útil de todos los años. Aunque siempre era diferente. Mis abuelos que regalaron otra camiseta, esta era rosa con una chica dibujada de pelo largo y marrón, que también me gustó mucho.

El curso prosiguió y las vacaciones acabaron. Adiós pequeña libertad, hola estudios. Ni un solo mensaje, ni una sola llamada, ni una corta visita. Nada de nada, era como si Nicolás nunca hubiera existido. Aunque desde ese momento ya dejaría de existir. Y la frase sería: Adiós tormento, hola felicidad.
Los días, las semanas, los meses, todo se pasaba rápido y pronto llegó la Semana Santa. Nos fuimos a Cullera, por el mediterráneo, y conocí a un chico. Nos dimos los teléfonos y de vez en cuando hablábamos. Fue mi segundo novio, aunque no llegué a estar segura de eso, porque si en el fondo no lo amaba de verdad la relación no tenía sentido, pues es cosa de dos. Al final acabé con esa relación. Me dolió, pero no tanto como la de Nicolás y mía. Cuando siempre me venía a la cabeza que todo acabó me surgía una duda: Nunca rompimos, o por lo menos no nos lo dijimos. ¿Se rompió con el tiempo o seguíamos siendo novios?

11/9/11

Capítulo 10 "Gotas de lluvia".

El día posterior, por la mañana, me llegó un mensaje al móvil mientras estaba en el recreo.

¿Quieres que nos veamos?

El corazón me empezó a latir con fuerza. “¿Será él?”, pensé indecisa. Le contesté rápidamente.

¿Quién eres?

Segundos más tarde recibí su respuesta.

Es una sorpresa ;)

El corazón se me volcó. Cabía la posibilidad de que fuera él, sí, probablemente lo fuera. Julia, que había estado presenciando el momento dijo:
-Ve, quizás sea Nicolás. Y si no es márchate.-me aconsejó dulcemente. Asentí seria.

A las 6:30 en “Pequeños placeres”, le mandé. Si era él, sabría qué sitio era ése y se acordaría de que estuvimos allí.

¿Por qué no mejor en la puerta de tu casa?

Me quedé sin aliento. “¿El portal de mi casa? ¡Tiene que ser él!” Respondí cual posesa.

Vale,  allí estaré.

Tampoco tenía que esforzarme mucho, bajar unos cuantos escalones y esperar en el portal. Pero lo haría dentro, así vería a la persona que me había mandado el mensaje y si no era quien me esperaba, subiría de nuevo a casa, no sin antes despedirme aunque fuera con un gesto de mano. No era de esas que dejaban a la gente plantada sin decir palabra. O mejor, no era de esas que dejaban directamente plantada a las personas sin decir o no palabra.

Esa tarde me puse una camiseta negra de tirantes y unos vaqueros cortos, lo que llamaban shorts. Aún  hacía calor, y estaríamos así durante dos meses más, quizás menos. Cada año el invierno comenzaba antes o después, dependía. Pero por ese tiempo siempre venía bien tener una chaqueta, aunque fuera fina.

Cuando el reloj dio las seis y media, bajé y me senté cuidadosamente en las escaleras del interior del portal. Alrededor de un minuto o dos después apareció un chico, pero me daba la espalda y no veía con claridad quién era. Se giró, y por el cristal me vio, entonces yo también pude verlo.
-¿Pablo?-susurré mientras  mis cejas se fruncían de extrañez. Me saludó desde fuera felizmente.
“Ya me ha visto”, pensé. “No puedo plantarle…”, me paré a pensar unos segundos. “¡Rayos, sí que puedo! Pero no quiero, pobrecillo…” Me levanté de los fríos escalones de mármol y, dirigiéndome a la puerta, la abrí y saludé a Pablo.
-Estás preciosa.-me sonrió pícaramente. Lo ignoré completamente.-Perdón, lo eres.
-¿Cómo has conseguido mi número?
-Se lo pedí a Jennifer.-contestó tranquilamente.
-La mato…-murmuré. Cerré la puerta y decidí que la mejor opción era aceptar el hecho de haber quedado con él, sabiendo o no quién era. Si hubiera sido un desconocido estaba segurísima que mis pies hubieran ido subiendo escalones y me hubieran llevado hasta la habitación de mi casa, sin dar explicaciones.

Cuando nos aproximábamos al centro de la ciudad su mano me rodeó la cintura.
-¿Qué haces?-le dije.
-Darte cariño.-me guiñó un ojo.
-¡Oh, eres un idiota!-le di con el bolso marrón que llevaba, el de siempre, en el brazo con el que me había estado rodeando la cintura y volví por donde mis pasos me habían traído. Me giré y vi que seguía donde lo había plantado. “Parecía que le importaba… Bueno, así le será menos duro” Pero me detuve, me sentía culpable. Algo en mi interior me decía que no lo dejara ahí. “Maldito remordimiento”. Me giré, y ya no estaba. “¿Qué? No puede ser. Hace escasos segundos estaba aquí”. Mis ojos lo buscaron pero no lo encontraron, me giré para volver a casa y…
-¡AH!-grité.
-Ya sé que soy feo, pero tanto…-bromeó. Me reí, porque no se había ido, seguía igual de contento que antes, y porque su comentario tenía puntillo, todo hay que decirlo.
-Bueno, ¿damos una vuelta o no?- le tiré de la manga.
-¡Claro!-expresó.- ¿Dónde quieres que vayamos?
-Me da igual.
-Al parque.-dijo mientras me sonreía.

Cuando llegamos se sentó en un banco. En el banco donde me besé por primera vez con Nicolás. “¿Qué tendrá este dichoso banco?”, pensé descontenta. Pero a pesar de ello me senté, debía ocultar mi incomodidad.  Aún así parecía difícil.
-¿Te pasa algo?-me preguntó preocupado. Sus ojos marrones se mostraban desconcertados.
-No, nada.-miré el suelo, triste. No podía ocultarlo, aquello me traía muchos recuerdos.
-Sé que no querías quedar conmigo. Por eso planeé esto, sabía que no serías capaz de plantarme, porque eres demasiado buena.-me acarició mi mano y me miró dulcemente, después se levantó.-Veo que no pinto nada, siento haberte molestado.-cogió su chaqueta que desde que habíamos llegado había permanecido tirada en el banco, a su otro lado.
-No es eso Pablo.-ni siquiera le miré. Eran esos momentos en los que no te sientes capaz de sostener una mirada sin echar a llorar, que aunque deseas plantar cara y decir las cosas tranquilamente, no puedes.
-¿Entonces? Bueno, déjalo.-empezó a caminar, pero su comportamiento era sincero, iba en serio, no era puro teatro.
-Pablo.-le llamé aún sentada. Se giró.-Este lugar me trae recuerdos, recuerdos buenos que me vuelcan el corazón.-me sinceré.

5/9/11

Capítulo 9 "Gotas de lluvia".

El despertador sonó a las siete y cuarto de la mañana. “Oh no… instituto”, lamenté. Me lavé la cara, aseé, vestí y desayuné. Me eché la cartera a los hombros y me dirigí al instituto Sansón de Mural, a diez minutos de mi casa. Llegué y nos asignaron nuestras clases. ¡Bien! Me tocó con Julia de nuevo. Ambas escogimos la rama de ciencias tanto en 4º de ESO como en Bachiller, porque en la universidad estudiaríamos medicina. Julia enfermería y yo odontología.
-Diana, Diana.-me susurraba Julia a la vez que tiraba de mi manga, empezaba a hacer fresco en la calle, ya habíamos salido del instituto.
-¿Qué?-pregunté en el mismo tono.
-¿Ves ese chico de ahí?
-¿Quién, el rubio que va con la chica esa?
-Sí, ese.
-¿Qué ocurre con él?-la miré desconcertada.
-El otro día me lo encontré en una discoteca, ¡Y se estaba besando con otra chica!-elevó un poco más la voz.
-¿Y? No sabemos si esa es su novia.
-¿A no? No sabía que los amigos se besaran en la boca…-dijo mientras su vista no dejaba de seguirles. Volví a mirar y, efectivamente, se estaban besando.
-Julia, ¡no seas cotilla! ¡Que haga lo que quiera!-alcé mi mano y la moví hacia atrás sin mostrar ningún interés en el tema. No era fan de los cotilleos. Sólo me importaba mi vida, bueno, y las de mis amigos. Porque en cualquier momento podrían necesitar mi ayuda. Pero la vida de gente desconocida prefería que fuera así, desconocida.
-Pobre chica… ¿se lo decimos?
-¡NO!-exclamé sorprendida.- ¡A ti qué más te da!
-No sé…-miró hacia arriba como si de ese modo le cayera del cielo la respuesta a su interés.
-¿Y no será que te gusta?-le miré de forma picarona.
-¿Y no será que deliras?-dijo en tono burlesco.
-¿Entonces quién es el afortunado?-le guiñé un ojo. Ella se rió pero no contestó. Parecía que quería evitar la conversación.
-¿Luis?-le sonreí curiosa.
-No.-respondió seria.
-¿Aarón?
-No.
-¿Manuel?
-No.
-¿Fran?
-¿Qué Fran?
-El que conocemos desde primero de la ESO.
-NO.
-¿Entonces?
-La verdad es que no me gusta nadie. Los chicos son un mundo raro, prefiero abstenerme de ellos hasta que comprenda sus actuaciones.
-¿Corazón roto?-pregunté para intentar averiguar si le habían hecho daño, por lo menos antes de conocerme.
-¿Mente cerrada?-me sonrió, pero fue dulcemente.
-No, la verdad es que suelo abrirla para captar tus ideas estrafalarias.-ataqué bromeando. Ambas sosteníamos una sonrisa.-Y hasta que quieras descubrir por qué los chicos actúan a veces de la manera más rara posible, creo que te puedes congelar y cuando pasen mil años aproximadamente, que te descongelen.
-O puedes congelarte tú, y así en un futuro tendrán una especie viva de lo que fue “una chica imaginativa”. Te harías famosa, créeme. Quizás seas única es en especie.- se puso el dedo índice en la barbilla, como pensativa. Reí.
Alcanzamos sin darnos cuenta a la pareja y Julia se giró sin dejar de mirarles. Ellos la miraban extrañados.
-Julia, ¡quieres parar!-murmuré mientras le cogía del brazo para que se diera media vuelta.
Seguimos andando sin tener que estar pendiente de ella. Llegamos a la esquina en donde ella se desviaba y allí nos despedimos con dos besos.
Iba escuchando música y, a lo lejos, cruzando un paso de peatones en esa misma calle, me pareció ver a Nicolás. Éste seguía recto la calle a la que había cruzado y eché a correr tras él. Cuando estuvo a tres metros de mí, dándome la espalda dado que no se había dado cuenta que una chica le había estado siguiendo durante un corto periodo de tiempo, me di cuenta que no era él. Que me había confundido. Mi subconsciente me había engañado, mis deseos por verle habían hecho que me paciera verlo, pero en realidad no era él. Crucé otra calle y seguí hacia mi casa. “No me lo puedo quitar de mi cabeza”, pensaba.

28/8/11

Capítulo 8 "Gotas de lluvia".

Una vez dentro noté el aire acondicionado y solté otro suspiro, esta vez de alivio. Cogí un carro de la compra pequeño acorde a las pocas cosas que tenía que comprar. Antes de adentrarme del todo en los pequeños pasillos del mismo, miré de nuevo la lista para ver qué zona estaba más cerca.

-Alas de pollo       -Queso de bola curado         -Guisantes
-Pollo                    -Muges                               -Chuletas de cordero
-Canelones           -Pimiento verde y rojo        -Lonchas de jamón York
-Rabo de cerdo     -Rábanos                             -Pan de molde
-Ensalada            -Arroz                                 -Pan de hamburguesa

“Vale…”, pensé, “Entonces la calle que más cerca tengo es la de las verduras”. Reanudé el paso y cuando estuve en ésta, busqué los pimientos, la ensalada y los rábanos. Todo estaba prácticamente uno al lado del otro, así que no tuve que dar muchos paseos. Lo coloqué en el carro y busqué el pasillo de la carne, que estaba al final.
“Bueno, ya está…”. Me acerqué para hacer cola en una de las cajas.
-¿Te conozco?-me miró el chico que tenía delante. Enseguida lo reconocí.
-Creo que sí, eres el chico que me siguió ayer.-sostuve una mueca.
-¡Es verdad! Jajaja.-expresó con cara de haberse acordado justo en ese momento, pese a que en realidad ya sabía de qué nos conocíamos.

-Vaya… menudo destino. ¿Por qué será que me encuentro donde menos espero a quien menos espero?-me resigné colocándome una mano en la cintura.
-El destino… ¡qué bello!, ¿verdad?-miró hacia arriba.
-Será para ti.-miré hacia otro lado. Estas coincidencias eran las que menos me gustaban. Seguramente me acompañaría hasta mi casa y me daría la vara todo el camino.
-¿Quieres que te acompañe a tu casa?
-¡No!-puse tono desconcertado.
-Oh, vamos, esto ha sido cosa del destino, no lo desaproveches.-me guiñó uno de sus ojos verdes.
-NO.-recalqué.
-¿Y si se te caen las bolsas? ¿Quién te va ayudar?-puso tono realista para convencerme, aunque en realidad era irónico.
-Las cojo y me aguanto.-puse una mueca desagradable.
-¿Y si no puedes con todo? ¿Eh? ¿Eh?-en cada “¿eh?” acercaba su cabeza hacia mí para darle más emoción a la palabra.
-¡Qué cansino…!-puse los ojos en blanco. Le tocaba pagar, por lo que colocó sus alimentos y la chica que atendía se lo cobró una vez comprobado el total.
-Veinticinco con sesenta y seis.-enunció. Él le dio un billete de cincuenta euros que sacó de un monedero y la chica le dio las vueltas. Cuando estuvo todo metido en bolsas se guardó tranquilamente el monedero en su bolsillo derecho del pantalón y se esperó fuera del supermercado. “Genial…”, pensé al ver que miraba hacia aquí.
Coloqué entonces lo mío y la chica lo fue pasándolo por la caja.
-Veintinueve con treinta y ocho.-citó. Saqué el dinero de mi monedero que llevaba guardado en mi bolso marrón, y le entregué treinta, un billete de veinte y uno de diez. Me devolvió los sesenta y dos céntimos que sobraban y me los guardé en el monedero rosa con diferentes dibujos en tonos rojos y lilas. Salí y el muchacho me seguía esperando.
-Bueno, ya podemos irnos.-dijo alegremente cuando salí de allí y la puerta se estaba cerrando.
-¿Por qué insistes en seguirme a todos lados?-pregunté incómoda.
-Me divierte verte enfadada.-rió.
-¡Anda y vete!-levanté la voz malhumorada.
-¿Ves? Jajaja.-rió mientras se tocaba la barriga con la mano y sostenía el asa de la bolsa en la muñeca de la misma. Tan sólo cargaba con dos, yo también.
-¿Cómo te llamas?-me preguntó mientras caminábamos.
-¿Por qué crees que te lo iba a decir a ti?-le miré mientras sostenía una sonrisa pícara.
-Pues no sé, Diana, porque creo que nos podemos llegar a llevar bien.-elevó levemente su moflete con un gesto que insinuaba la frase, haciendo que recalcara más el hecho de haber pronunciado mi nombre en la misma. Abrí los ojos como platos.
-¿Cómo sabes mi nombre?-le pregunté muy curiosa.
-Pues no es tampoco un misterio. Nos conocimos ayer mismo en el pub, te fuiste, te seguí, pasaste de mí, volví al lugar y le pregunté a una amiga tuya por tu nombre.-explicó. Parecía que en cada uno de sus gestos mostraba superioridad en cuanto a creerse más listo que yo, pero a la vez mostraba seriedad, una seriedad irónica.
-¿Quién fue?-pregunté con los ojos entornados.
-No pongas esa cara, hija, que parece que es de vida o muerte.-bromeó.-Fue Jennifer.
-Cómo no, si fue ella la que te invitó a ti y a algunos más a ir de fiesta con nosotras.-caí, por un momento pensé que fue Julia, que es muy liberal, pero es mi mejor amiga y no creo que se lo hubiera puesto tan fácil a alguien tan cansino como él.
-Ahora dime tú tu nombre.-exigí.
-Pablo, encantado.-me tendió su mano, colocándose la bolsa colgando de la muñeca. Se la di haciendo yo lo mismo.
Caminamos hasta que llegamos al portal de mi casa.
-Vaya, veo que has conseguido lo que querías.-le dirigí una ligera sonrisa sorprendida.
-Sí, ahora podré visitarte cuando yo quiera.-me sonrió.
-No te creas que va a ser tan fácil.-abrí con la llave el portal y me metí cerrando la puerta. Éste reaccionó ante mi jugada y se quedó apoyado en el cristal mientras que se reía por lo sucedido.
-Te falta rapidez.-dije intentando que me oyera. Empecé a subir las escaleras.
-¡Espera!-gritó. No le hice caso, a fin de cuentas, ya sabía dónde vivía. Podía darse con un canto en los dientes.

21/8/11

Capítulo 7 "Gotas de lluvia".

Miré al suelo firmemente.
-Lo necesito. Pero no quiero.
-¿Estás segura?-me puso su mano en el hombro y me habló con dulzura. Esa parte de Julia era la que menos conocía.-No me hagas que vaya a… ¿dónde está?
-No me lo dijo.
-Vaya… Eso me lo pone muy difícil…-se paró a pensar.-Pero como lo pille se va a enterar.
-¿Por qué? ¿Por sacarme un año y querer ir a la universidad?-se quedó parada y no dijo nada, pero porque sabía que llevaba razón.
-Si al menos te visitara…-soltó.
-Prefiero que dejemos el tema. Él ya no está y punto.-dije un tanto alterada. Después me calme.-Me voy a casa, estoy cansada. Cogí mi bolso que lo había dejado en el banco y me marché. Mientras caminaba alcé una de mis manos y la moví en señal de despedida, sin ni siquiera girarme para ver si me respondía. No tenía ganas de ver la cara que se le había quedado, seguramente, sorprendida.

Cuando llegué a casa me senté en la silla de mi habitación y me puse a leer un libro. Alrededor una hora después, mi madre me llamó para cenar y guardé el libro en la estantería, marcando la página por la que me había quedado. Casi no probé bocado.
-¿Te ocurre algo Diana? No has comido casi nada.-me dijo mi madre.
-No, es que no me apetece mucho cenar. Me he tomado un bocadillo esta tarde con Julia.-mentí.
-Si no quieres más déjalo.-me habló con tranquilidad.
-Vale.-cogí el plato y lo llevé a la cocina. Después me encerré en mi habitación y seguí leyendo el libro, no sin antes ponerme el pijama. Trataba de una historia de amor, me encantaban esos libros. Y el hecho de poder meterme en una historia aparentemente real me apasionaba. El tiempo se pasó volando y dieron las doce de la noche.
-Diana, ya es tarde. Acuéstate anda.-sonó la voz de mi padre al otro lado de la puerta.
-Voy.-dije. Cerré el libro, apagué la luz y me acosté.

Cuando me levanté al día siguiente tenía ganas de fiesta. Quería salir de la rutina e irme y pasármelo bien, pero sin abusar.
 Llamé a Julia, Carol y Jennifer para irnos esa noche a algún pub. Jennifer se trajo a algunos amigos para darle más ánimo al ambiente. Yo me pedí una coca-cola, al igual que Jennifer. Carol y Julia se tomaron unos cubatas. 
-¿Quieres bailar un rato?-me preguntó un chico, amigo de Jennifer, estirando su brazo para que le cogiera la mano.
-No, gracias.-dije dándole un trago a la coca-cola. Tenía que elevar mucho la voz para que me oyera, la música retumbaba en mis oídos.
-Venga ya, no seas aburrida.-me dijo tirándome levemente de la muñeca. Al final insistió tanto que acepté para que me dejara en paz una vez hubiéramos bailado. Y la verdad es que el chico bailaba muy bien. Me acercó lentamente a él con su mano en mi cintura. Estuvo a punto de besarme pero me alejé.
-Oh, vamos…-dijo. Estaba un tanto borracho, pero no demasiado. Cogí mi bolso y me fui, no sin antes avisar a Julia y a las demás.
Mientras caminaba sola por la calle, noté cómo alguien me seguía. No quise girarme pero aceleré el paso sin que se me notara mucho. Giré una esquina, me metí en una calle que había a la derecha, cogí otra que cruzaba la misma y seguí recto. Todo para intentar que esa persona me perdiera de vista, pero no me sirvió de mucho. Parecía una escena de película.
-¿A dónde vas tan rápido?-dijo una voz tras de mí. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, pero me giré para ver la cara de la persona que me había estado siguiendo desde que había salido del pub.
-Hola.-le dije indiferentemente al chico con el que había estado bailando.
-No está bien que vayas sola a estas alturas de la noche.-dijo en un tono que me sonó a ironía.
-No está bien que sigas a la gente.-puse tono orgulloso.
-Te he hecho un favor.-dijo mirándome y sosteniendo una sonrisa imperceptible.
-¡Piérdete!-le dije mientras mostraba la indiferencia de antes y aceleraba el paso. Lo dejé atrás y me pareció que cambió de calle, así que pude irme más tranquila a casa.
Al llegar estaban mis padres durmiendo. Serían la una y media. Me puse el pijama, me cepillé los dientes y me acosté sin apenas hacer ruido.

Cuando me levanté me dolía un poco la cabeza, la música de anoche aún retumbaba en mis oídos, pero se me pasó en seguida.
-Diana, ¿puedes ir al supermercado y comprar lo que hay escrito en esta lista?-me la dio mi madre en la mano.
-Poder, puedo.-contesté.
-Gracias. Por cierto, la ensalada que sea mediterránea, ¿vale? Se me ha olvidado apuntarlo.
-No pasa nada, lo recordaré.-se dibujó en mi semblante una sonrisa.
Salí a la calle y el aire transportaba un calor abrumador. “Me tenía que haber traído un abanico…”, pensé suspirando. Pero el supermercado no estaba muy lejos, así que llegué en cinco minutos.

14/8/11

Capítulo 6 "Gotas de lluvia".

El curso iba a comenzar, y sentía que no estaba completa. Que me faltaba algo, algo o, mejor dicho, alguien llamado Nicolás. De todas las veces que quedamos tengo algunas fotos nuestras que nos hicimos y que las coloqué en un álbum decorado con flores, mariposas y corazones, muy colorido, que me compré en una tienda de veinte duros. Pero que aún así era bonito y perfecto para aquellos momentos. Lo saqué del rincón de un cajón de mi habitación, para que no lo vieran mis padres, aunque ellos no solían mirar los cajones, y lo abrí. Una sonrisa se me dibujó en el rostro al ver la primera página del álbum. Estábamos él y yo en el famoso parque de siempre, al lado de una gran fuente. Yo apoyada sobre sus hombros y una de las piernas elevada, y él riéndose mientras hacía por mirarme. Recuerdo que esa foto nos la hizo una mujer que tenía un carro de bebé. Nos queríamos hacer unas fotos él y yo, y al ver que no podíamos porque si no salía yo cortada, salía él, se ofreció a hacérnosla. Después recuerdo que estuvimos a punto de caernos a la fuente por nuestras tonterías, pero él me agarró y caímos al suelo lleno de hierba bien cuidada, riéndonos a más no poder. Pasé la página y vi otras fotos hechas cuando nos tomamos un bombón en un lugar donde también servían cafés y tés, llamado: “El rincón de los pequeños placeres”. Sí, quizás sea un nombre demasiado largo para un establecimiento, pero me gustaba,  y también el lugar. Estaba lleno de fotografías de gente famosa en lugares donde se plantaban este tipo de especies. También había fotos únicamente de ese tipo de plantaciones. El color de la pared era beige, aunque más bien tirando a cagueta. La barra estaba hecha de madera con una tonalidad marrón oscura. Las luces eran también amarillas pero muy suaves, dentro de unas lámparas de las que colgaban diferentes adornos. Y las mesas y sillas también eran de madera, pero de un marrón muy claro. Fuera del establecimiento, también había colocadas sillas y mesas de metal. Que las ponían, como en muchos otros sitios, cuando llegaba el verano.
Seguí pasando las hojas y recordando momentos indelebles que vivimos él y yo en menos de un año. Entonces que acordé de cómo nos conocimos y fui a buscar el paraguas de aquel día nublado. Azul oscuro, con estrellas grises estampadas. Cuando por fin lo tuve en mis manos pensé: “Y pensar que por un inesperado olvido y por mis tonterías le conocí por casualidad…” Y choqué el paraguas contra mi pecho con anhelo, mientras  unas lágrimas empezaban a mojarme las mejillas. Una vez vi el álbum, lo guardé en su sitio y le mandé un mensaje de texto a Julia que decía: Necesito quedar, llámame para confirmármelo. Besos. Segundos después me llegó su respuesta vibrándome el móvil: Ok. ¿A las siete en “Pequeños placeres”? Ella abreviaba el nombre al lugar. Era un sitio al que solíamos ir ella y yo, y que me encantaba. Por eso llevé allí a Nicolás. Donde, según él, nunca había estado. Le contesté: Vale. Hasta ahora.

Cuando llegué ella aún no estaba, así que cogí mesa y me senté mientras la esperaba.
-¿Va a querer algo?-me preguntó un muchacho con delantal. Era un camarero.
-Aún no, espero a alguien, pero gracias.-le dije amablemente. Dos minutos después entró por la puerta Julia, que llevaba una falda negra con volantes y una camiseta del mismo color de tirantes. Calzaba unas sandalias color marrón.
-¿Has esperado mucho?- me preguntó nada más llegar a la mesa.
-No, apenas acabo de llegar. El camarero se ha acercado pero le he dicho que tenía que esperar a alguien.
-Gracias.-dijo.
-Qué menos. Te he hecho venir esta tarde.-la miré mientras jugaba con la carta.
-¡Camarero!-gritó Julia.
-Sí. ¿Qué desean?-preguntó este.
-Yo un café con nata, gracias.-el chico se lo apuntó en una pequeña libreta.
-¿Y usted, qué desea?-me preguntó.
-Yo… una tila, gracias.-pedí cordialmente. El camarero se lo apuntó y se acercó a la barra para efectuar los pedidos.
-Bueno, cuenta. ¿Qué tal estás?-empezó a hablar.
-Bueno… intentando sacármelo de la cabeza. Es que todo pasó tan rápido… desde que lo conocí hasta que se fue. Es como si el viento pasase a través de tu ventana y se esfumara por la rendija de otra. No sé… Mi vida cambió completamente gracias a él y ahora, gracias a él, ha vuelto a cambiar…-comenté mientras el camarero colocaba la tila en frente mía y el café con nata en frente de Julia, que me miraba conmovida.
-Tú no le des más vueltas. Seguro que lo vuelves a ver.-me intentó animar.
-Él ya ha comenzado sus estudios. Y a nosotras nos faltan tres días. El verano se acaba y pronto el año. Se dice que año nuevo, vida nueva, y con ello espero volver a verle.
-¿Por qué no le visitas un día?-dijo mientras le daba un sorbo al café y se marcaba un bigote de nata.
-Porque no sé si tendré tiempo este año y qué le diré a mis padres…-cuando vi que aún no se había limpiado la nata, me empecé a reír.
-¿Qué? ¿Qué te hace tanta gracia?-preguntó sin saber de qué me reía. Me extrañó, porque debía notar el cosquilleo de la nata.
-Llevas bigote, y la gente te mira.-aún sonreía.
-¿Qué dices? No llevo… Ah…-cayó en la cuenta de lo que me refería y, mirando a todos los lados para comprobar si de verdad la observaban, se limpió la nata con la lengua y después se pasó una servilleta. Yo me reía por la cara que ponía. Pero luego me puse de nuevo seria y le empecé a dar vueltas a la chuchara.
-Como sigas dándole tantas vueltas a la cuchara vas a hacer un agujero en la taza, después en la mesa, y terminarás metiendo la mano en la tila agujereada.-dijo. Me hizo mucha gracia la manera en que lo dijo que me volví a reír. Casi parecía que lo decía en serio.
-Bueno, tu sigue dándole vueltas a la cuchara que veremos donde termina tu mano…-arqueó las cejas y luego miró su café con nata y le dio otro sorbo. En el fondo sabía con certeza que lo hacía para verme feliz, aunque en el fondo seguía igual. 
Cuando acabamos, nos marchamos después de pagar y nos sentamos en un banco de una plaza.
-¿Quieres que lo hablemos?-preguntó espontáneamente. Me miró de golpe.
-¿El qué?-pregunté. Sabía el qué.
-Sabes el qué…-hizo una mueca lateral.

7/8/11

Capítulo 5 "Gotas de lluvia".

Sí, nunca había visto nada igual. Todo comenzó cuando insistió en quedar conmigo aquel día, 31 de Agosto, domingo, último día del mes. Yo acepté, por supuesto, porque sabía que dentro de poco se iría a estudiar a otra comunidad y no lo vería. Tan sólo hablaría con él por teléfono y aún así él tendría que estudiar, y yo también.

Quedamos en el parque de siempre y allí me tapó los ojos con una venda.
-Por favor, no te la quites. Tengo una sorpresa para ti.-me pidió dulcemente. Entonces me ayudó a subirme a un instrumento de transporte, que por la forma que palpaba y cómo se movía sabía que era una bicicleta.
-Agárrate fuerte.-formuló. Yo iba sentada y agarrada a los manillares, pero él era quien los manejaba desde detrás de mí. Pedaleaba de pie y de vez en cuando, por el peso, la bicicleta realizaba eses. Estas cosas poco seguras no me gustaban nada, pero confiaba en Nicolás, y sabía que no dejaría que nos pasara nada, que tendría el mayor cuidado posible.
Recorríamos las calles de la ciudad, en medio de la carretera. Lo suponía por el ruido y olor a gas que provenía de coches muy cercanos. El aire nos golpeaba la cara con fuerza por la rapidez, y el movimiento de la bicicleta y el no ver absolutamente nada me producía algo de inquietud. Más de una vez me había dicho cerca del oído: “Tú tranquila, que ya no falta mucho. Disfruta del aire fresco y no te quites la venda”. En realidad deseaba quitármela para ver a dónde íbamos. Pero no quería fastidiarle la sorpresa. Aún pasando miedo intenté disfrutar del aire y del movimiento. Después paramos y me ayudó a bajar de la bicicleta, agarrándome por uno de los brazos, pero con delicadeza.
-¿A dónde me llevas?-pregunté ilusionada.
-Al país de Nunca Jamás.-dijo bromeando.
-Pero quédate conmigo.-dije también bromeando.-No me dejes allí y luego te vayas, porque sino… iré a buscarte y será para darte con una rama dura en la cabeza.-ambos nos reímos. Él me ayudaba a caminar para que no me cayese. Notaba cómo me rozaba algo en los pies, quizás era un tipo de planta. Por lo menos me podría haber dicho que no me llevara sandalias. Aunque hubiera deducido a dónde iríamos. O no…

Cuando caminamos durante alrededor de cinco minutos, me paró y me agarró desde detrás alrededor de la cintura. Entonces me quitó el nudo de la venda mientras me decía: “Aún no abras los ojos”. Cuando ya me la había quitado anunció suavemente:
-Ya puedes abrirlos.-cuando lo hice los ojos se me iluminaron y me apreté las manos agarradas contra el pecho.
-Es fantástico.-comenté casi musitando. Me había llevado a un paraje desconocido para mí. Todo era verde y algunas zonas se mezclaban con colores como lila, azul, rosa, amarillo o blanco; por las flores. Estábamos rodeados de algunos árboles y, al final, al último lugar donde los ojos podían llegar desde ahí, había más árboles y más campo. Algunas plantas eran muy altas, llegaban casi a la cintura. Pero teniendo en cuenta mi estatura, claro. A un niño de dos años lo superaría enormemente.
Nos sentamos en aquel lugar, entre la hierba y flores de muchos colores. Con el atardecer, aquello se volvió naranja. Era precioso… Nos tumbamos y estuvimos uno al lado del otro.
-Gracias.-dije repentinamente.
-¿Por qué?
-Por esto. Es precioso.-formulé mientras miraba fijamente y con dulzura aquellos ojos color ámbar.
-Me alegro de que te guste.-sonrió.
-Me encanta.-nos besamos durante largos segundos a la luz del atardecer, entre los olores y el aire fresco del lugar. Después lo contemplamos detenidamente, antes de que se hiciera de noche, el uno pegado al otro, cogidos de la mano.
-Se está haciendo tarde. Será mejor que volvamos.-dijo.
-Sí, tienes razón.-después de pasar allí una hora y media juntos, estaba satisfecha.
Cogió el pañuelo que había permanecido en el suelo, en el lugar donde él lo había tirado cuando me lo quitó. Nos subimos a la bicicleta como lo habíamos hecho al dirigirnos a aquel maravilloso paraje, y volvimos a la ruidosa ciudad. Una vez allí, me dejó en el portal de mi casa y se despidió con un beso en la boca y con las manos apoyadas en mis mejillas.
-Espero que nos veamos pronto.-deseé.
-Sí.-dijo con cara apenada.
-¿Qué ocurre?
-Verás… mañana me voy ya a la Universidad para alojarme y conocer a mis compañeros de habitación… Las clases empezarán siete días después, dentro de una semana. Órdenes de mis padres…- me quedé parada y mirándole a los ojos sin dar crédito a lo que escuchaba.
-¿Por qué no me lo dijiste antes?-intenté ser comprensiva. Aunque me era difícil.
-Yo no… no quería que estuvieras triste. Quería que pasaras el último día que permanezco aquí estupendamente.
-¿Cuándo podremos vernos?-le pregunté entristecida.
-De vez en cuando intentaré venir aquí para ver a mi familia y para verte a ti. O quizás nos volvamos a ver las vacaciones que vienen.-miró al suelo. Yo intentaba buscar su mirada pero me costaba trabajo encontrarla. Estaba claro que ninguno quería esto, ninguno quería pasar por aquella situación.
-Llámame cuando puedas, ¿vale?-le pedí.
-Claro.-mostró una leve sonrisa lateral en su rostro, aunque en el fondo seguía afligido. Nos fundimos en un fuerte abrazo y nos dimos nuestro último beso. Después me acerqué al portal y abrí la puerta.
-¡Adiós!-dije intentando mostrar una gran sonrisa.
-Adiós.-se resignó mientras elevaba su mano y la movía lateralmente. Viendo cómo comenzaba a caminar, me arrepentí.
-¡Espera!-le grité. Se giró y corrí hasta él para darle otro beso y, después, otro abrazo. Sin querer soltarnos de la mano nos alejamos. Y yo, finalmente, subí a mi casa, sin saber que no lo vería hasta dentro de mucho tiempo…

31/7/11

Capítulo 4 "Gotas de lluvia".

Esa tarde nos tomamos tortitas con chocolate. Hablamos de futuros viajes. Y como no, salió el tema de ir a Nueva York.
-A mí me gustaría irme a vivir allí.-dije.
-Sí, sería fantástico.-contestó. Nos miramos pensativos. Él no dijo nada, y yo tampoco. Pero creo nos leímos la mirada mutuamente.

Quedamos más veces y nos lo pasamos genial juntos. Y una tarde…
-Me encanta este parque, hay muchísimo verde y se respira tan bien…-suspiré. Ambos estábamos sentados en un banco. Uno al lado del otro.
-A mí no me gusta el parque.-formuló.
-¿A no?- me extrañó su respuesta.
-Hay algo que me gusta mucho más y desde hace tiempo.- decía mientras me miraba. Se me hizo un nudo en la garganta.
-¿A sí? ¿El qué?-dije trastocada, sabía a qué se refería. O mejor dicho, a QUIEN.
-TÚ.-me quedé paralizada. No me salían las palabras de la boca, pero es que ni siquiera sabía qué decirle… Y el tiempo apremiaba. Él acercaba sus labios a los míos, y pronto nos besamos. Perdí la cuenta de los segundos, pero creo que fueron alrededor de dieciséis. Y cuando se separó me preguntó:
-¿Eso significa que te importo?
-Sí.-dije tímidamente. El hecho de que no le hubiera dado una bofetada significaba que me había gustado el beso y que a él no lo odiaba. Y si no lo odiaba, lo quería. Así que ese día las cosas quedaron más o menos claras. Se podría pensar que lo quería como amigo y que había sucedido un desliz, pero no era así. Nicolás me gustaba, y mucho.

Los subsiguientes días no pudimos quedar, pero hablábamos por teléfono de vez en cuando. Mis padres se pensaban que era Julia u otra amiga, como Carol o Jennifer. Pero no, no eran ellas. Cierto es que Julia me llamaba, pero pocas veces. Nos veíamos en el instituto todos los días. Él a veces se quedaba hasta las tres en su instituto y no podía hacerme una pequeña visita, pero podía hablar con él, y eso era lo que importaba. Lo poco que quedaba de curso se pasó rápido y él ya se iba a la Universidad.
-No puedo hablar contigo, estoy muy ocupado. Lo siento mucho. Te quiero.-eran sus únicas palabras desde el otro lado de la línea telefónica. El curso ya llegaba a su fin y él ya estaba a punto de acabar con los exámenes. Tan sólo tres días para ello.
-Hola, ¿quedamos?- me llamó una vez hubo acabado los mismos.
-¿Ahora?-pregunté asombrada, pero a la vez contenta.
-Sí, ahora.
-Venga… vale.-una leve sonrisa se deslizó en mi mejilla.
Cuando nos hubimos reunido me dijo:
-Te he echado de menos. Tenía ganas de acabar los exámenes para verte.-me rozó una de las mejillas con su mano.
-Yo también tenías ganas de verte.-le sonreí.
-Cuando se acabe el verano ya no nos volveremos a ver hasta un tiempo…
-Por favor, no me lo recuerdes…-dije. Acto seguido me abrazó.
Nos sentamos en el mismo banco que nuestro primer beso y contemplamos cómo los niños pequeños jugaban al escondite y reían. Cómo corrían y se caían, pero luego se levantaban. Y a nosotros se nos dibujaba una sonrisa.
Después dimos una pequeña vuelta. Me llevó a un chino, era la primera vez que iba, pero no tuve problemas respecto a la comida. Todo estaba bueno, aunque no quería ni imaginarme los ingredientes que llevaría. Yo era más de comida casera, donde ves lo que echan a los platos. De vez en cuando ayudaba a mi madre en la cocina, sobre todo en verano, cuando tenía más tiempo. Así que sabía algo de cocina, lo básico. Una vez hubimos acabado de comer, me invitó a un helado. Bueno, me quiso invitar, pero yo insistí en que no y terminé invitándolo yo. Era una persona muy cabezota, aunque él también lo era a veces, y me divertía mucho.

Aquel verano lo pasamos estupendamente. Fuimos a muchos sitios distintos. Pero el mejor lugar de todos, el que de verdad me consiguió llenar, fue el último día en que nos vimos. Me llevé una gran sorpresa y fue de lo más romántico que podía pedir… Él, yo… y el mejor paraje que había visto nunca…