11/8/13

Sorteo trilogía Crash

¡Hola!
Esta vez os traigo otro sorteo del blog de May R Ayamonte: Lecturas May R Ayamonte. Se sortea TODA la trilogía Crash de Nicole Williams.

                                        

Son unos libros que me llaman mucho la atención y creo que por participar no se pierde nada, ¿no? Así que si os queréis animar, entrad en su blog y rellenad el formulario siguiendo las bases del concurso. Si alguien se apunta, ¡mucha suerte! ¡Merece la pena esta oportunidad!

Muchas gracias a May por el sorteo y a Montena.

5/7/13

Sorteo 22 libros y 10 ganadores

¡Muy buenas!
He hecho mi reaparición en el blog para anunciar un sorteo que se realiza en el blog Sumergidos entre libros. Este sorteo se debe a los más de 300 seguidores (muchas felicidades a Tina-Jack) del blog y se sortean nada menos que 22 libros. Los ganadores serán 10. Yo voy a participar porque les he echado una ojeada y son bastante apetecibles. ¡Por probar no se pierde nada! Así que si alguien se anima, ¡mucha suerte! ¡Creo que merece mucho la pena intentarlo!
Para más información entrad en el blog.

Mega-Sorteo 388 seguidores

Además, si queréis ver la reseña de algún libro por si no sabéis si leerlo o no, ¡no dudéis es visitar su blog!

21/12/12

Hay cosas no inmutables


La manera imperceptible en que las cosas cambian, a un paso del futuro incierto. Vivimos el futuro a cada momento, cada segundo que pasa es un segundo que hace un segundo era nuestro futuro, y que ahora sólo forma parte del pasado. Tan rápido llega el día siguiente, como se desvanece el día de hoy. Tan rápido como parpadeas hay cosas que han cambiado, has llegado a mucho menos de la milésima parte de tu futuro. Y aunque a lo único que puedes acceder y resulta entrañable son los recuerdos, tan puros y ciertos como el presente, tan vivos como tú, no se siente como antes. Es entonces cuando valoras que hay cosas que ya no volverán, que siempre quedarán grabadas en ti, pero no podrás vivirlas del mismo modo en que lo hacías, pues en cada momento de tu vida se desarrollan diferentes circunstancias. Hoy eres tú y mañana quizás seas otro.

1/9/12

Especial: Capítulo 8. Impotencia (parte 3)

Ahogó un grito. Sus ojos atravesaban la miraba de aquel desconocido. Dio un paso atrás, aterrorizada. El sentimiento se reflejaba a la perfección en su rostro. El hombre avanzaba conforme ella lo hacía hacia atrás y se puso un dedo en los labios, que en esos momentos se dio cuenta que también tenía al descubierto, indicándole que estuviera en silencio. Giselle intentó gritar, pero cuando el sonido atravesó su garganta dispuesto a salir al exterior y avisar a Niall, el encapuchado tapó labios y nariz con un trapo blanco que no tardó en hacer efecto. Giselle cerraba lentamente los ojos mientras miraba al hombre que le hacía aquello y la sujetaba por la espalda para que no callera. Sus extremidades empezaban a fallarle. Después la conciencia. Quiso pronunciar su nombre, pero de entre sus labios no salió sonido alguno. Todo se volvió negro para ella en cuestión de segundos.

Una hora después…
Niall abrió pesadamente los ojos. La luz que entraba a través del balcón le cegaba. Se tapó instantáneamente con el antebrazo izquierdo. Miró a su izquierda, pero el sitio que había ocupado aquella noche Giselle estaba vacío. Estaría en el baño, pensó. Pero no se esperaba no encontrarla en su interior. Frunció el entrecejo. ¿También había reservado para el desayuno? Era extraño que no le hubiera avisado. Su ropa la encontró en el interior del servicio, al lado del lavabo, pero la de ella no estaba. Había estado entonces allí, pero no sabía a dónde había podido ir. Se puso los pantalones y la camiseta e hizo ademán de salir de la habitación. La tarjeta estaba en el interior de uno de los interruptores. Aquello extrañó todavía más a Niall. ¿Habría ido a su casa para que sus padres no le dijeran nada? Les había avisado el día anterior, ¿por qué se iba a molestar en ir andando pudiendo llevarle él?
Abrió la puerta de la estancia, cogiendo antes la tarjeta que funcionaba de llave, y se aseguró de que no había nada de ella en el interior del dormitorio del hotel.
Bajó pensativo por el ascensor y en recepción no vio a nadie. De todos modos, se aproximó al recibidor y esperó unos minutos a que alguien le atendiera. Eran las nueve y media, gente tendría que haber. Pero mientras miraba a un lado y a otro se fijó en algo extraño al otro lado del mismo, bajo la mesa. Sus cejas se fruncieron de manera confusa. Unos dedos finos, seguramente de mujer, sobresalían por debajo del mueble. Niall se inquietó y rodeó el mismo, poniéndose de puntillas en uno de los extremos. La misma mujer que les había atendido el día anterior estaba tendida en el suelo. Sin pensárselo dos veces, el chico dio un salto apoyándose en la plana superficie de madera y se acuclilló frente a la chica. Golpeó ligeramente su rostro intentando reanimarla, pues había comprobado que tenía pulso, pero no ocurría nada.
—¡Ayuda! —exclamó. Niall pensaba lo peor. Giselle había desaparecido. ¿Adónde había ido? ¿Se la había llevado alguien? Todos esos pensamientos sólo consiguieron ponerle más nervioso e intentó de nuevo que la joven recepcionista volviera en sí, desesperado. Su mirada miraba a todos lados, perdida. No sabía qué hacer, si quedarse ahí plantado hasta que alguien acudiera o salir corriendo en busca de Giselle, sin saber dónde buscarla. Cuando recapacitó marcó el número de la ambulancia en su móvil y no tardaron en contestar. Una vez hecha la llamada, volvió a pedir ayuda dejándose la voz. Por fin alguien apareció… Un hombre algo mayor.

Minutos después…
La ambulancia y policía había llegado. Habían logrado que la chica recuperara la conciencia, la habían drogado. Niall intentó acercarse a ella y preguntarle, pero la multitud que se había formado se lo impedía y la policía también. En medio de la calle no pidieron explicaciones, esperarían a que se hubiese calmado, pero aún así la chica pronunció algo, como si estuviera delirando, que fue suficiente para Niall. “La chica… La chica…”, repetía. Miraba a un lado y a otro como si de eso modo pudiera encontrarla, como si estuviera allí mismo, entre el grupo de personas o al otro lado de la calzada. El muchacho lo entendió y, nervioso, logró salir del bullicio y se metió como una bala en el interior de su coche arrancando el motor.
—Mierda, mierda, mierda —susurró mientras salía del aparcamiento. Sólo se le ocurría un lugar al que acudir en esos momentos.

En casa de Giselle…
—¡¿Qué me dices, muchacho?! ¡¿Me estás diciendo que se la llevaron?! ¡¿A mí pequeña?! —manifestó fuera de sí Robert.
Elina sollozaba sentada en el sofá, con el rostro hundido en sus manos. Niall sentía punzadas en su corazón. Impotencia. Rabia. Temor. La persona que más amaba estaba en peligro. No dejaba de echarse la culpa una y otra vez mientras el padre de ella le gritaba sin cesar, insultándolo en varias ocasiones.
—¡¡Maldito insolente!! ¡¡Te dije que la protegieras!! ¡TE LO DIJE! ¡¿ACASO PIENSAS QUE ERA UN CAPRICHO MÍO?! —Robert le cogió por la camiseta, elevándolo el suelo, y Elina se levantó inmediatamente para ayudar a Niall.
—Él no tiene la culpa —pronunció mientras apartaba las manos de su marido del chico, cuyos pómulos habían adquirido un color rojizo intenso. El padre de Giselle le hubiera ahogado allí mismo si nadie le hubiera detenido, sin reparos.
Niall cogió aire a grandes tragos, intentando recuperar su respiración habitual, mientras se asiaba el cuello.
—¡Tienes razón! ¡La culpa es mía por darle el visto bueno a este estúpido desvergonzado! ¡¿Me puedes explicar cómo narices entraron en tu casa?! ¡¿ESTÁS COMPINCHADO CON ALGUIEN?!
—¡No, no! —trató de tranquilizarle el muchacho—. Yo no le haría ningún daño a su hija. Si estoy aquí es porque la quiero y no voy a permitir que le suceda nada. Si he acudido a ustedes es en busca de ayuda.
—¿Qué pasó? —inquirió la mujer.
—Me desperté en el hotel y… ya no estaba. Bajé a recepción y…
—¡¿Qué…?! ¿HAS DICHO HOTEL? ¿NOS HABÉIS MENTIDO? —Los pómulos de Robert estaban extremadamente rojos. Parecía que iba a estallar de un momento a otro. Daba la sensación de que en bajo su dermis fluía fuego. Apretaba su mandíbula y sus puños.
—Ella… había reservado una para que pudiéramos hablar solos. Hasta entonces no me conocíais —habló con vacilación observando cautelosamente al hombre, temeroso por lo que pudiera llegar a hacer.
—¡Y qué le hiciste, eh! ¿O me vas a venir con el cuento de que solo dormisteis pacíficamente? —Su mano se controlaba sin llegar a rozar la camiseta del joven, aunque en esos momentos deseaba pegarle un puñetazo. Controló su cuerpo y trató de relajarse. Por su bien, el de Giselle y el de su mujer. No debía perder los nervios.
Su mujer lo miró suplicante. Aunque se resistió, pensó que el fondo era lo correcto. No solía perder los nervios de ese modo, pero desde que había visto a aquel chico su intuición le decía que no se fiara de él. Suponía que era porque pensaba que cualquier persona desconocida que estuviera con Giselle podría hacerle daño y aprovecharse de ella.
Suspiró resignado y, un tanto obligado por su mujer, pronunció las palabras.
—Lo… siento, muchacho.
—No se preocupe. Le entiendo. Yo también quiero al igual que usted encontrarla. —Niall mantenía su calma y firmeza habitual.
—Encuéntrala. Encuéntrala o no habrá perdón. Te avisé antes de marcharos y has dejado que pasara esto. ¡Ella necesita protección! —Sus ojos chispeaban odio y desesperación.
—Robert, no es culpa suya. Deja al chico… —intervino Elina.
—Vete y búscala. Donde sea. Recórrete todas las calles si es preciso. ¡Todos los rincones! Pero tráela de vuelta —pronunció más calmado. El chico asintió. No podía ocultar el respeto que le imponía aquel hombre. No sería fácil encontrarla, sin embargo lo intentaría. No quería pensar en las consecuencias. Aquel hombre haría lo que fuera por su hija, al igual que él mismo.
—Nosotros nos pondremos en contacto con la policía —añadió severamente.
Niall volvió a asentir. Titubeó unos segundos, pero finalmente se aproximó a la puerta sin añadir nada más, ni un adiós, con las manos en los bolsillos. Al salir, le golpeó en la cara aire frío, como un bloque de hielo. Se abrigó un poco con el cuello de la chaqueta y aceleró el paso hasta llegar a su coche. Cuando lo puso en marcha la radio se encendió y sonó una canción que conocía. No sabía hacia dónde dirigirse, así que simplemente puso en movimiento el vehículo y recorrió la mayoría las calles de la zona. Después hizo un recorrido por el centro de la ciudad. Finalmente por las afueras. Nada.

A la tarde, tras comer en un burguer…
Pasó por delante del hotel donde se habían alojado esa noche, pero ya no había nadie. Entonces divisó a otra persona en recepción, transparentándose parte de la entrada por la cristalera de al lado de la puerta de entrada, y se percató de que no era la chica de esa mañana, sino un sustituto temporal, al menos por ese día. Parecía pertenecer al hotel por su uniforme. No se resistió y aparcó el coche lo más cercanamente posible al edificio, saliendo posteriormente.
Ya en el interior se atrevió a preguntarle al chico por el estado de la anterior recepcionista. Éste respondió que no sabía nada con certeza, pero que había oído que se encontraba bien. Era muy joven, Niall se extrañó de que un muchacho así estuviera en un hotel a esa edad.
—¿Qué edad tienes? —le preguntó.
—Veinte —respondió incomodado. Niall no lograba verle los pies, pero por el ligero movimiento que se transmitía a todo cuerpo notaba que los movía bajo la mesa nerviosamente, de un lado a otro, sin saber cómo apoyarse sobre ellos.
—¿Llevas trabajando mucho aquí?
—Desde… hace un par de meses. —Mentía, Niall lo leyó en sus ojos.
En ese momento pasó por allí un hombre de escaso cuero cabelludo.
—Disculpe —se dirigió al hombre que parecía ser el cocinero por su vestimenta—, ¿cuánto tiempo lleva trabajando este chico aquí?
—Eso no importa —respondió en voz baja el aludido mientras dirigía una extraña mirada al cocinero.
—¿Por qué? —preguntó el hombre respondiéndole con otra mirada extraña, de confusión al no saber por qué el chico reaccionaba así, y volviendo sus ojos de nuevo a Niall—. ¿Acaso quiere rellenar una hoja de reclamaciones? Este chico sólo lleva aquí desde ayer, comprendo que sea algo torpe, pero lo necesitamos en ese puesto en estos momentos —respondió.
—Gracias. —Y el hombre salió afuera, cruzándose de calle, para encenderse un cigarrillo.
Cuando la vista retornó al chico joven, éste le miraba aterrorizado. Niall sentía cierta sospecha, una sospecha que cada vez se apoderaba más de él, y la actitud del chico se la confirmaba aún más. Si no sabía nada, ¿qué importaba que trabajase allí desde el día anterior? Pero lo cierto era que cada vez su tez se tornaba más pálida. Sin duda era coincidencia que el día que Giselle hizo la reserva, empezara a trabajar aquí este chico. Sus ojos grises miraban a Niall fijamente.
—Qué coincidencia —soltó sin reparos mientras lo miraba con cierto estupor, alzando las cejas. El muchacho tragó saliva y, sin que a Niall le diera tiempo a analizarlo, salió corriendo saltando hábilmente por encima del tablero. Inmediatamente fue tras él. El hombre del cigarrillo pareció decir algo cuando vio a ambos correr, en especial al chico que debía estar en el hotel trabajando, en el puesto de la chica que había sido atacada por las mismas personas que Giselle, pero no se inmutó. Simplemente dijo unas cuantas palabras, que creo que ninguno de los dos comprendimos, y siguió con el que parecía su segundo cigarrillo.
El joven del uniforme corría con bastante más velocidad de la que Niall se esperaba. Cuando lo logró alcanzar, al torcer prácticamente la esquina de la calle, se enzarzaron hasta que Niall terminó cogido por el cuello. El muchacho no lo apretaba en exceso, pero sin embargo sí apretaba con furia sus dientes entre sí. Niall se sintió relajado por un momento, sin saber por qué, hasta que cerró lentamente los ojos y notó que su cuerpo caía como un peso muerto en el suelo. La vista se le había nublado y apenas veía manchurrones. Lo último que vio fue al chico desaparecer en la neblina de su vista hasta que finalmente los cerró y yació inconsciente.

Unas horas después…
Se encontraba en una habitación, pero era muy semejante a la del hotel. Sí, sin duda estaba en éste. Se incorporó un poco, apoyando los antebrazos en el colchón, y giró el cuello hasta toparse con unos ojos marrones. No eran los de Giselle, sino los de una limpiadora.
—Edgard le encontró tirado en el pavimento de una calle perpendicular a la del hotel. Le trajo de inmediato aquí —explicó mientras terminaba de doblar unas sábanas—. En su cama no las he cambiado, no quería molestarle —expresó refiriéndole al tejido blanco que sujetaba entre sus manos.
—No importa —contestó algo aturdido y cansado mientras intentaba incorporarse totalmente. Al hacerlo, notó un dolor en la espalda y gimió. Sin duda el golpe no había sido leve, aunque tampoco parecía algo grave.
La asistenta comenzó a sonrosarse y mantenía la cabeza inclinada con el propósito de que Niall no se diera cuenta. Éste se percató y no entendió el por qué hasta que descendió su vista. No llevaba camiseta, sin embargo sus pantalones seguían ahí. Sin darle importancia, bajó de la cama y la chica intentó seguir con su tarea, pero de vez en cuando lanzaba miradas al cuerpo del muchacho rubio, que con cada movimiento se le marcaban más los músculos del brazo, abdomen y tórax.
El chico buscó en la habitación, hasta en el armario, pero su camiseta no aparecía.
—¿Busca esto? —le preguntó la asistenta enseñándole la prenda. Ahora fue Niall el que se sonrojo pensando en cómo había llegado a parar a sus manos.
—Estaba en la otra cama, sobre el edredón. Seguramente Edgard revisara tu cuerpo por si había algún daño. Comentó que te encontró en una postura muy mala para el tronco —dijo aclarándole la situación por si algún mal pensamiento cruzaba su mente. Suponía que Edgar era el cocinero. Ella había dejado de hablarle de usted, pero eso no le importaba en absoluto. Le gustaba más así.
—Necesito encontrarla —susurró—. Gracias —dijo apresuradamente mientras cogía la prenda que le había tendido. Acto seguido salió como una exhalación de la estancia y se decantó por las escaleras. Estaba en un primer piso, así que no tardó en llegar al bajo.

Escasos minutos después…
La noche dominaba la ciudad. Conducía con una velocidad mayor a la permitida por la avenida. Torció y se metió en una calle poco transitada y menos iluminada. Por la avenida circulaban demasiados coches y de ese modo, pensaba, no encontraría nada.
Escuchó un zumbido del que no hizo caso. Torció a la derecha con el coche la callejuela. En breve volvió a sonar ese zumbido y, sin esperarlo, el coche sufrió un empujón que lo hizo volar unos pocos metros por los aires. Por suerte, cayó sobre sus cuatro ruedas y Niall llevaba puesto el cinturón de seguridad. Aún así, se dio un golpe al aterrizar con el techo del vehículo. El motor había dejado de funcionar. Sacó y metió varias veces la llave por su ranura, pero no arrancaba. Desesperadamente, sin saber qué demonios estaba ocurriendo, se desabrochó rápidamente el cinturón y salió del coche.
Sabía que no estaba solo.

26/8/12

Más allá del anochecer

En el comienzo de los tiempos, con la creación del universo, las estrellas y los planetas surgió algo más. Fuego. Luz. Tierra. Agua. Aire. Sombra. Con el fin de vagar liberales por el universo hasta encontrar un cuerpo que les hiciera completos. Excepto dos de ellos. La razón de su creación es desconocida, pero su destino siempre estuvo escrito más allá del anochecer. El poder no lo es todo. No hay que dejarse engañar por lo poseído, la bondad reside en el corazón.

[...]

Una historia DIFERENTE... Un argumento del que NUNCA has oído hablar... Simbología. Poder. Amor. Ira. Desconfianza. Muerte. Dolor. Traición.
No todo es lo que parece...

Más allá del anochecer - Primer capítulo 



-La magia existe porque existimos las personas-

13/8/12

Especial: Capítulo 7. Impotencia (parte 2)

La sorpresa en los ojos de ese hombre no le hizo volver sobre sus pasos. Su mirada se clavaba en la de Giselle, mientras ella negaba lentamente con la cabeza. Con humedad bajo sus resplandecientes ojos, se giró en dirección a su padre, el cual observaba a uno y a otro constantemente.
—¿Qué es esto Giselle? ¿Es cierto lo que dice? —le preguntó atónito, usando su tono de voz normal, mientras señalaba con un dedo al chico que estaba cerca de ellos.
Giselle descendió la cabeza y su vista acabó en el suelo, no muy segura de lo que iba a decir.
—Sí —pronunció con un hilo de voz. Después elevó el rostro, a punto de caer una lágrima, mientras irises y pupilas formaban el fuego de la decisión—. Sí, es cierto. Y le quiero —sentenció con una firmeza extraña de ver en ella.
El hombre no podía creerse lo que oía. ¿Quererle? Su mirada entonces atravesó la de Niall, que por el momento permanecía impasible.
—¿La quieres? —le preguntó al muchacho con expresión y tono de aversión. Por el momento aquel chico no le gustaba nada. Su hija solía cumplir las normas que le imponían, siempre por un bien, y él había causado que ella se aprovechara del margen que se le había dado últimamente para salir juntos.
Niall vaciló unos instantes, pero no porque no estuviera seguro de lo que iba a decir, sino por el hecho de que el padre de Giselle le mirara de aquel modo. Sólo esperaba que no tuviera armas en su casa, porque si no sería de los primeros en estrenar su puntería, si no el primero.
—Sí.
—¿No te he visto muy convencido, muchacho? —Ladeó ligeramente la cabeza a un lado y esbozó una media sonrisa de satisfacción.
—Estoy muy seguro. Usted no puede saber lo que siento o dejo se sentir.
—No te apresures, joven, no estás hablando con tu padre…
—No, de hecho si lo hiciera no le llamaría por usted.
—¿Me tomas el pelo? No eres lo que mi hija necesita.
—De hecho, papá, es todo cuanto necesito —intervino Giselle—. Pero tú no lo entiendes. —En su faz se dibujaba una tenue mueca de pesadumbre.
El hombre no daba crédito a lo que escuchaba. ¿Su hija enamorada de aquel inmaduro e irrespetuoso chico? No podía ser verdad, Giselle estaba muy confundida.
—Giselle, cariño, creo no sabes lo que…
—Sé exactamente lo que digo y lo que siento. Sé lo que hago. Podréis protegerme cuanto queráis, pero ya no soy una niña. Tengo veintidós años —sentenció indignada.
—¿Y él? —preguntó mirando de reojo a Niall.
—Veinticinco, señor —contestó el propio chico.
El hombre no dijo nada. Seguía manteniendo esa mueca de desagrado, y miraba a uno y a otro despacio.
—¿Ocurre algo, Robert? ¿Todavía no habéis entrado en casa? Vais a coger una pulmonía —dijo una voz dentro de la casa. Una mujer castaña apareció tras el hombre y giró su cabeza hacia un lado para enterarse de lo que acontecía fuera.
—¿Quién es ese joven? —pronunció amablemente la mujer.
—Elina, no pasa nada, quédate dentro.
—¿Cómo que no pasa nada? —Se hizo hueco entre el marco de la puerta y su marido y salió afuera mientras contemplaba a su hija, la cual tenía aún los ojos un poco rojos, y al muchacho que se encontraba unos cuantos metros más adelante, serio, quieto como una estatua.
—¿Quién eres? —le preguntó directamente a él.
—Niall.
—¿Eres el novio de mi hija? —preguntó sin poder evitar esbozar una pequeña sonrisa.
Niall miró durante unos segundos a Giselle para afirmar la respuesta, pues en esos momentos ya no sabían lo que eran. Cuando ésta se la devolvió y sus ojos contestaron, habló.
—Sí —asintió con algo de timidez.
El hombre refunfuñó por lo bajo y Elina se giró levemente hacia atrás para advertir a Robert con la mirada.
—Pasa —le dedicó una sonrisa a Niall. Parecía un muy buen chico, además de educado.
—¿Que pase? —preguntó asombrado Robert mientras contemplaba cómo su mujer entraba en la casa, y Giselle y Niall la seguían después. El chico iba algo más retardado, con pasos lentos y las manos en los bolsillos, por el hombre que se situaba ahora al lado de la puerta y lo miraba con desdén.

En el interior de la casa…
Elina les ofreció asiento a los dos. Ambos se sentaron en el mismo sofá.
—¿Queréis tomar algo? —preguntó con dulzura la mujer. No era muy mayor.
—No, gracias —contestó el chico cuyo cabello era rubio almendra. Se notó nerviosismo en su voz, y las manos, que no dejaba de moverlas y frotarlas entre sí, lo acentuaban.
Giselle no contestó, casi ni la miró, así que su madre supuso que a ella tampoco le apetecía nada. Pretendía calmar los ánimos, pero parecía no iba a ser nada fácil.
—Bueno, contadnos desde hace cuánto que os conocéis —dijo la mujer.
Giselle parpadeó con desgana lentamente sabiendo que se avecinaba un interrogatorio y que pronto su padre formaría parte de él también. Segundos después el hombre apareció en el salón y se sentó en una silla, al lado del sofá donde se acomodaba su mujer, un poco alejado de todos ellos.
—Algo más de dos semanas —contestó Niall.
—Casi tres —apostilló Giselle.
—Bueno, no es poco. —Elina esbozó una sonrisa lateral contemplándoles. Sin duda hacían una muy buena pareja. Ella había escogido a un chico educado y muy guapo. Y él, aunque hablara de su hija, a una chica preciosa y encantadora.
—¿Qué no es poco? ¡Eso no es nada! —intervino el hombre.
—Robert. —Con voz apaciguadora Elina miró a su marido, que estaba a su izquierda.
—¡Vamos, Elina! —se quejó alzando las manos. Se apoyó bruscamente en el respaldo de la silla con enfurecimiento, aunque se controlaba.
—Cuando una relación comienza, no comienza a los dos meses. Siempre están los primeros días, semanas, meses, años… Parece mentira que defiendas lo contrario, cariño. ¿Ya no te acuerdas de cuando empezamos a salir?
—¡Claro que me acuerdo! —refunfuñó—. Pero esto es distinto.
—¿Por qué iba a serlo? Tengo el mismo derecho que vosotros a enamorarme. ¿Acaso nunca me dejaréis? —pronunció Giselle.
—¡No con él! —Robert mantenía su postura inicial.
—Escuche, señora —comenzó a decir Niall mirando a la madre de la chica que estaba sentada a su lado—. Yo quiero a su hija. Y aunque salga por esa puerta —dijo señalándola con el dedo mientras miraba a la mujer— seguiré queriéndola.
La mujer esbozó una sonrisa amable y comprensiva. Robert dejó escapar un incomprensible sonido de entre sus labios.
—Y no me iré de aquí hasta aclarar las cosas —añadió el muchacho.
—Bueno, te irás cuando yo te lo diga —repuso el hombre, indignado.
—Él sabe lo que soy. —Niall la miró consternado, mientras esperaba que lo que acababa de oír hubiera sido cosa de su imaginación y no lo hubiera dicho ella de verdad.
El padre de Giselle se levantó del asiento sin apartar la vista de ellos.
—¿Cómo dices? —Estaba igual de confuso que Niall.
—Él sabe que tengo poderes.
Robert se aproximó con ímpetu a Niall y le cogió por la camiseta, alzándolo un poco del sofá.
—¡Qué le has hecho a mi hija! ¡Qué sabes! No serás uno de esos que quiere aprovecharse de ella, ¿verdad? ¡¡Contesta!! —En la última palabra lo zarandeó.
—¡Robert, déjale! —Elina se levantó y agarró a su marido por los brazos para apartarle del joven. Sus ojos brillaban con furia.
—¡Papá! —exclamó la chica. Acto seguido se acercó más a Niall y le dijo en un tono de voz bajo que si se encontraba bien. El chico asintió entre sorprendido y desconcertado, dirigiendo su mirada de vez en cuando a donde se situaba el hombre. Su mujer le obligó a sentarse de nuevo y a que se calmara.
—¡Este chaval no sabe lo que quiere!
—Déjelo ya. —La voz de Niall sonó en toda la estancia—. No pienso consentir que me falte al respeto, ni que cuestione mis sentimientos. Podrá pensar lo que quiera de mí, pero no le tolero nada más, aunque sea el padre de Giselle. Seré joven, pero mantengo la compostura mejor que usted, que desde que he aparecido no ha cesado de lanzarme miradas desde el odio. Soy persona y tengo derecho a amar igual que las demás. Lo mismo que Giselle. Esto parece de película… —Bufó y apoyó de nuevo su espalda en el sofá.
El hombre se quedó atónito con las palabras del chico. Sin duda sabía lo que quería y estaba dispuesto a discutir con él por su hija. Pero no se resignaba a aceptar su relación.
—Es cierto. Él sabe lo que soy y me acepta. Me aporta cosas que hasta ahora nadie me ha aportado —dijo con tranquilidad.
Su padre ya ni siquiera les miraba, sólo se limitaba a escuchar. Las palabras las ponía su mujer.
—Me alegro mucho por los dos. —Alcanzó la mano de Giselle y la asió con fuerza—. Siento mucho lo de Robert, Niall. Se niega a aceptar que Giselle haya crecido y deba elegir lo que quiere.
—Lo que quiere es condenarse. Quién sabe dónde andará metido este chico… —comentó con la mirada en otro lado.
—¡Ya me he condenado, papá! ¿No lo entiendes? ¡Yo misma soy una condena para mí, para él y para todos! —alzó la voz levantándose del sofá y gotas saladas empezaron a surcar sus pómulos.
Su padre la miró maravillado. Visualizando cada lágrima caer. Su enfado se esfumó por momentos y en su rostro se reflejó seriedad y tristeza. Se levantó de la silla y abrazó a su hija.
—Cariño, no digas eso. Eres una extraordinaria persona —le dijo al oído.
Padre e hija dejaron de abrazarse y Niall se levantó para acercarse hasta Giselle. La miró preguntándole con la mirada si estaba bien y la apretujó entre sus brazos fundiéndose en un apasionado y cálido abrazo. Robert y Elina observaban la escena.
Se miraron a los ojos y él le apartó las lágrimas de sus mejillas. Sin que se dieran cuenta, Elina le dirigió una mirada a Robert y fue suficiente para hacerle comprender que quizá aquel chico no era tan malo como pensaba. Giselle parecía feliz junto a él, parecía encontrar un gran apoyo a parte de su familia. El único que había conseguido que llorara su hija había sido él, al menos desde el momento en que apareció Niall frente a su casa.
El hombre quería decir algo, pero ellos continuaban abrazándose y no sabía cómo captar su atención, cómo interrumpir el cariño que se mostraban. Giselle abrió los ojos y se percató de la expresión de su padre, así que se separó de Niall y esperó a que hablara.
—Hija…, yo… Lo siento, no me he comportado como es debido —pronunció costosamente, pero con sinceridad.
Ella sonrió y le abrazó nuevamente.
—He podido comprobar que verdaderamente esto no es un amor de adolescentes, porque ya no lo sois. Ambos sois adultos y debéis ser libres de vuestros actos, hacer lo que queráis, pero ser consecuentes. Así que sólo espero que no tengáis problemas, porque ya soy uno menos. —Sonrió tenuemente, esperando la reacción de ambos, sobre todo de su hija, y fue correspondido del mismo modo.
Giselle le dio un beso en la frente, sonriente. Niall, aunque no lo exteriorizaba demasiado, estaba encantado. Para él eso significaba la aprobación de la relación por parte de su padre, la pieza más difícil de la historia. En cierto modo le agradecía todo, pues cuando Giselle salió del coche pensó que no volvería a verla. Era el final. Pero todo lo acontecido le dio la vuelta a la historia.
—Protégela. Sé que la querrás. Así que sólo te pido que la cuides. Mucho —pronunció conmocionado.
Giselle no cesaba de sonreír dichosa ante la escena.
—Bueno, esto parece una despedida —soltó bromeando Niall—. Supongo  que podré volver a entrar en esta casa, ¿no?
—Eso si no entras en la caseta del perro. —Robert lo miró en principio con severidad, pero terminó rompiendo en carcajadas. El chico, al entender que era una broma, le imitó.
—Deja de torturarle —dijo Giselle.
Niall y ella se miraron de manera cómplice. Después ella se aproximó a su madre y le dio un abrazo inclinándose sobre el sofá.
—¿Acaso os marcháis? —preguntó extrañada la mujer.
—Voy a pasar la noche en casa de Niall —mintió en parte.
Robert arqueó las cejas incrédulo y miró a su mujer, que se encogió de hombros lanzándole una sonrisa.
Giselle miró a uno y a otro, suplicante, pero con gesto suspicaz aparente, y sonrió cuando su padre asintió de parte de los dos.
—No sé a qué hora volveré mañana. Si surge algo os llamo, ¿vale? —dijo con alegría mientras se alejaba hacia la puerta de entrada dándole la mano a Niall.
Sus padres suspiraron, sin otro remedio que resignarse ante el amor, y se miraron entre ellos sin dejar de sentir alegría.

Once de la noche en el hotel…
—Hay que aprovechar que he reservado esta habitación.
La sonrisa pícara de Giselle se contagió a Niall, que estaba sentado en el borde de la cama de matrimonio. Ella se acercó pausadamente hasta él y posó sus rodillas sobre la cama, entre las piernas de él. Acercó sus labios a los suyos y se besaron. Los besos de Niall continuaron hasta el cuello de Giselle mientras ella le rodeaba con sus brazos. Le ayudó a quitarse la camiseta y la pasión y la temperatura aumentó. Los dedos de la chica castaña se deslizaron por el torso de Niall mientras él le quitaba ahora la camisa a ella. Poco a poco. Cada uno de los botones. Después esa prenda cayó al suelo despojándola del cuerpo de la bella muchacha. Al tiempo que Giselle bajaba sus manos a los pantalones de Niall, se desplazaban lentamente hasta el centro de la cama cubierta por un edredón rojo. Los besos continuaban con más pasión que antes. Las caricias se alargaban, y cuando podían sus manos desprendían una prenda más. Cuando ya no quedó nada más cubriendo sus cuerpos, todo fue cuestión de dejarse llevar por el corazón y la pasión que recorría en ese momento su interior, el uno sobre el otro.

A la mañana siguiente…
—Niall… —Los dedos de Giselle caminaban sobre el torso del chico, con serna. La chica sonreía ampliamente mirándole dormir. No hacía caso de sus llamadas. Sonrió todavía más cuando pensó que parecía un bebé. Estaba tan tranquilo… Eran tan guapo… Sin duda así estaba muy mono.
Se levantó recogiendo la ropa del suelo y se metió en el baño para vestirse. Mientras lo hacía escuchó unos ruidos fuera y pensó que ya se había despertado. Acabó rápidamente, se peinó un poco con las manos, y abrió el pestillo. Cuando abrió la puerta la persona que había frente a ella no era Niall, sino un desconocido con un pasamontañas negro cubriéndole la cara y dejando ver sus oscuros ojos.

27/7/12

Especial: Capítulo 6. Impotencia (parte 1)

La mañana se anunciaba nublosa. El sol se ocultaba tras una capa de nubes infinitas entre las que apenas escapan algunos rayos. Él estaba sentado en un sillón cercano a la ventana. Pensaba. Pensaba en todo lo sucedido mientras contemplaba el grisáceo cielo y los edificios que se levantaban ante sus ojos. Ese día no había café entre sus manos, y no porque se hubiera agotado, sino porque no le apetecía. Por mucha energía que le proporcionara aquel líquido su cabeza estaría igual de confusa y apenas tendría energías internas. Hace un par de días le había dejado claro que no quería que aquello continuara. Niall todavía se sorprendía al recordar lo que había pasado en el riachuelo con el pájaro. En esos momentos se dividía en tres partes: una parte de él sentía cierto temor, otra confusión, y otra le decía que no debía dejar las cosas así. Suspiró. Qué hacer. Sabía lo que ella era, pero después de que se lo dijera no tardó en darse cuenta de que eso le daba igual. Nunca lo hubiera imaginado, pero hiciera lo que era capaz de hacer, no dejaba de ser Giselle, aquella chica del vestido rosa claro que le cautivó en la boda de su amigo. Aquello escapaba de la razón, pero no dejaba de ser real. Y esa parte de él que sentía temor era por lo que pudiera pasar. Miedo a perderla, miedo a la reacción de su familia si se presentaba en su casa, miedo por lo que le pudieran hacer. Y, aunque no quisiera reconocerlo, una diminuta parte de él sentía cierto temor hacia ella y le transmitía cautela. Pero ¿cómo era posible sentir miedo de aquella frágil y bella criatura? En su mente todo empezó a dar vueltas. Por un momento nada tuvo sentido. ¿Qué hacía? ¿La llamaba? ¿Acudía a su casa? Demasiado arriesgado quizás. Entonces se decidió y alcanzó el móvil desde el sillón, situado encima de la mesa que tenía a su izquierda. Se lo pensó un momento, pero terminó escribiendo. La buscó en sus contactos y envió el mensaje. Decía:
“Hola. Ya sé que no quieres saber nada de mí y olvidar lo que pasó, pero yo no puedo. Me gustaría hablar contigo tranquilamente y verte al menos una última vez. Así si me tengo que despedir será en condiciones. ¿Qué me dices?”
El móvil permaneció unos instantes en sus manos hasta que contestó. Niall despertó de su embelesamiento y leyó el mensaje.
“Se me ocurre un lugar en el que podemos estar tranquilos sin tener que esconderse. La última vez.”
Se le escapó una sonrisa y escribió nuevamente.
“Dime cuándo y dónde. Allí estaré.”
En respuesta a su último mensaje enviado obtuvo la calle a la que tendría que acudir, el lugar y la hora. A Niall le pareció una buena idea. Giselle le dijo que de la reserva ya se encargaría ella.
Niall, que se había levantado muy temprano y se sorprendió de que ella ya estuviera despierta, se levantó con parsimonia del sillón y se dirigió al baño para darse una ducha y acudir al trabajo. Era lunes. La última vez que vio a Giselle fue el sábado.

Cuando las horas pasaron y llegó la tarde…
Niall se preparó. Unos pantalones vaqueros y una camiseta. Con Giselle hasta ahora había llevado camisas y pantalones más formales, pero esa vez quiso ir informal. Se echó perfume, se peinó, primero con un peine y después con las manos, dejando el pelo alborotado y, dándose un rápido visto bueno en el espejo, se marchó como otras cuantas veces.

Enfrente de un hotel de tres estrellas…
Sus miradas se encontraron.
—Hola —dijo Niall al llegar.
—Entremos —contestó ella con seriedad, sin mirarle siquiera a la cara.
Para haber sido de tres estrellas el hotel no dejaba mucho que desear. Se aproximaron a recepción y Giselle fue la que habló con la chica que les dedicó una sonrisa.
— ¿En qué puedo ayudarles?
—Desearíamos la tarjeta de la habitación reservada a nombre de Giselle Stahl.
La joven recepcionista asintió.
—Esperen unos momentos. —Se alejó un poco de la mesa buscando en una hoja de papel el nombre Giselle y posteriormente la tarjeta indicada. A los segundos se acercó y se la entregó—. Aquí tienen. Que disfruten.
—Muchas gracias —dijo Giselle intentando aparentar entusiasmo. Lo menos que hacía era disfrutar de la situación, y dudaba que lo hiciera. Todo era demasiado complicado.

Tras subir el ascensor, enfrente de la puerta número 109…
Giselle introdujo la tarjeta por la rendija y abrió la puerta guardándosela después en un bolsillo. Niall entró detrás de ella y se encargó de cerrar la puerta.
— ¿Para cuánto tiempo has reservado la habitación? —preguntó el muchacho.
—Toda la noche.
Niall no pudo evitar esbozar una leva sonrisa.
—No te rías —dijo la chica seria, que cogió un almohadón de una de las camas y se lo lanzó a la cara.
—Es una pena que hayas reservado una con camas separadas —comentó Niall dedicándole una pícara sonrisa. A ella se le escapó una breve risita y volvió al ataque cogiendo otro almohadón y lanzándoselo nuevamente. Esta vez Niall lo esquivó.
— ¿No querías hablar? Hablemos —dijo ella solemnemente. Niall se dio unas palmaditas en las piernas y se acercó a la cama donde ya se había sentado ella.
—No sé por dónde empezar —dijo ya sentado.
— ¿Me vas a hacer perder dinero? Eres más tonto de lo que pensaba…
La chica esbozó una sonrisa tímida. Miraba el suelo con la cabeza ligeramente inclinada.
—Eso no lo has pensado nunca. —El chico también sonrió. Obtuvo como afirmación una sonrisa más amplia por parte de ella que en cuestión de segundos desapareció por completo.
—Ayer mis padres notaron que me sucedía algo. No les dije lo que pasó, ni lo que sabías. Más bien no saben que he salido varias veces contigo.
—Bueno, supongo que una vez hayamos hablado y todo esto acabe no hará falta que se lo cuentes.
—No… —En su rostro se dibujo una débil sonrisa forzada.
— ¿Estás segura de lo que quieres? —preguntó reclinándose hacia ella.
—No. Pero es lo mejor.
Suspiraron al unísono.
— ¿Cuándo supiste que… sabías hacer esas cosas? Ya sabes… —le costó preguntar.
—Hace nueve años. Tenía catorce cuando por primera vez defendí a un niño de unos matones y los dejé paralizados, literalmente.
Aunque Niall rió brevemente, ella seguía con actitud severa.
—Cuando por fin logré que volvieran a la normalidad me tomaron miedo y empezaron a llamarme a mis espaldas “la monstruito”. Con el tiempo empecé a controlarme.
—Pero sólo lo sabe tu familia, ¿de qué tienes miedo?
—Es cierto que esos niños nunca supieron qué pasó, pero habrá gente que sepa que hay personas como yo.
—Pero… —trató de rechistar.
—Hace tres años unos hombres me acorralaron en una callejuela. Sabían algo sobre mí y me querían. Por suerte logré deshacerme de ellos. En el momento en el que usé mis poderes reafirmé sus sospechas. Mi familia sólo quiere protegerme.
Niall la miró entristecido.
—Lo siento —dijo sin saber qué más añadir.
Durante largos segundos la habitación estuvo silenciosa.
—Yo… quería verte una última vez y decirte… que me da igual que sepas paralizar cosas y todo lo demás que sepas hacer —balbuceó—. Este poco tiempo que hemos compartido juntos ha sido suficiente para darme cuenta de que me importas… y no quiero que las cosas cambien. Me cuesta asumir que tengas poderes, pero hagas lo que hagas seguirás siendo tú. Y con ellos en tus manos no pueden causar daño alguno.
Giselle alzó sus ojos hasta él, conmocionada.
—Si me dices eso me resultará más difícil dejar esto aquí —dijo sonriendo mientras se le escapaba una lágrima.
—Mejor dejémoslo aquí —dijo Niall aproximando su rostro al suyo. El beso salado por las lágrimas de Giselle supuso para ellos el final de la relación, fuera del tipo que fuese. Una manera algo peculiar con la que acabar.

Minutos después, una vez acabado el beso…
Abandonaron el hotel acercándose la noche.
—El coche está cerca. ¿Quieres que te lleve?
—No, creo que podré ir andando.
—Giselle…
—Vale —dijo mirándole. La había convencido con sólo su expresión. Además, se sentía más segura yendo con él.
Educadamente, le abrió la puerta del copiloto y ella entró. Cuando los dos estuvieron dentro se abrocharon los cinturones y la acercó a su casa.

Al llegar…
Niall aparcó el coche enfrente. Ella abrió la puerta y el ver las intenciones que tenía Niall de salir también, le dijo:
—No creo que sea buena idea.
Niall se lo pensó unos instantes.
—De acuerdo.
Acomodó su espalda al respaldo del asiento del conductor y observó a Giselle, que todavía no había salido del coche. Sendos se miraron unos momentos antes de que por fin la chica saliera.
—Adiós —dijo cerrando la puerta. Él le respondió desde el interior con un movimiento de mano y una leve sonrisa.
La persiguió con la mirada hasta que llegó al porche. Tenía intención de arrancar el motor en ese momento, pero la puerta de su casa de abrió y no fue porque a ella le diera tiempo a meter la llave. El chico se inclinó un poco hacia la ventanilla del copiloto, atento. Desde allí, aunque con poca intensidad, pudo escucharlo todo.
—Dónde has estado.
—Ya te lo dije, salí a mirar vestidos para el concierto.
—No me mientas, Giselle, estás hablando con tu padre.
El tono de voz del hombre que estaba en el umbral de la puerta ascendía poco a poco.
— ¡No te miento!
— ¿Has estado con alguien?
— ¡No, papá, salí a mirar vestidos!
Instintivamente Niall se agachó dentro del coche lo suficiente, pero la perspectiva le permitía ver algo.
— ¿Has vuelto sola? —preguntó el hombre anonadado.
—Sí. —Aquella respuesta Niall no la escuchó aunque la intuyó, puesto que la dijo en voz baja. Su tono era de arrepentimiento.
— ¡Cuántas veces te he dicho que no vuelvas sola a casa! ¡Tu madre debería haber ido contigo!
—Lo siento —dijo intentando aguantar las lágrimas.
— ¡No me sirve un “lo siento”! ¡Hoy es una disculpa y mañana ni regresas a casa!
El tono de voz del hombre ascendió de manera considerable. Niall casi podía oír sollozar a Giselle. No aguantó más y salió del coche. El sonido que provocó el cierre de la puerta alertó y atrajo las miradas de las únicas dos personas que había en esos momentos en la calle. Ambos rostros mostraban consternación.
Niall caminó unos pocos metros hasta que dijo:
—Yo la traje.
Vio la impresión que aquello le había causado a Giselle, la cual buscaba una respuesta razonable al por qué de todo aquello en sus ojos oscurecidos por la noche.
—Y tú quién eres —dijo secamente el hombre.
—Me llamo Niall —contestó habiéndose parado—. Si hay alguien a quien debe echarle la culpa de que su hija haya salido y vuelto hasta la noche, ese soy yo —añadió mientras caminaba hacia ellos de nuevo.

22/7/12

Especial: Capítulo 5. Especial

Una mañana cualquiera…
Niall se levantó y, como solía hacer habitualmente para estar energético todo el día, se preparó un café y se acomodó en el sofá. Hacía alrededor de dos semanas que no sabía nada de Giselle. La había llamado en numerosas ocasiones y enviado mensajes, pero no había obtenido respuesta alguna. Había perdido la cuenta de las veces que había intentado contactar con ella. No entendía qué había ocurrido. Todo había ido bien hasta que la besó. No sabía por qué no quería verle y lo evitaba. ¿Acaso había hecho algo mal? Llegó un momento en el que se desesperó y dudó si ir a verla a su casa o no, pero prefirió esperar unos días para ver si ella no se hacía de rogar. No quería presionarla demasiado, pero necesitaba respuestas. Además estaban sus padres, y se suponía que no debía verse con desconocidos y tampoco que la visitasen. Pero ¿él era un desconocido? La sobreprotegían y no dejaban que cometiera sus propios errores. Los humanos los cometen.
Daba golpecitos con un dedo sobre la superficie de la taza, pensativo, inquieto, dudoso. Soltó un largo suspiro y le dio otro largo sorbo al café. Otro más, ininterrumpido, y se lo acabó. Sostuvo unos minutos la taza entre sus manos hasta que se levantó para dejarla en el fregadero de la cocina y subió las escaleras.

Minutos después…
Bajó por éstas apresuradamente y cogió las llaves de encima de mesita. Al llegar al portal del edificio paseó unos momentos por la calle hasta encontrar su coche y se metió en él. Con el motor en marcha circuló por la carretera parándose intranquilo frente a los semáforos en rojo, golpeando con los dedos índices el volante. Finalmente llegó a su destino. Bajó del coche algo nervioso y cerró la puerta del conductor centrando su vista en el lugar al que había llegado. Reunió las energías que le había proporcionado el café de esa mañana y valor.
Se acercó con las manos en los bolsillos hasta el porche y tardó unos segundos en tocar a la puerta mediante una serie de golpes sucesivos. Esperó impaciente, cada vez más nervioso y menos convencido de la idea de haber ido. Instantes después la puerta por fin se abrió dejando ver unos ojos marrones. Se cerró de nuevo, se oyó un sonido que provenía del interior, el pestillo, y se volvió a entreabrir.
—Hola —dijo únicamente Niall esperando la reacción de la chica.
—Hola —dijo ella asomada desde detrás de la puerta como si quisiera esconderse de él.
— ¿Podemos hablar?
—Creo que no es buen momento… —contestó ella.
— ¿Y cuándo lo será, Giselle? —dijo él indignado alzando levemente los brazos. Ella apartó los ojos de él, con la mano en el borde de la puerta, y dudó unos instantes sin saber qué decir y qué hacer—. ¡Llevas semanas sin responder a mis llamadas y mensajes! —exclamó con tono entristecido—. ¿Qué pretendes? ¿Que no vuelva a verte? ¡Dímelo y así será! ¡Pero dímelo antes de que me vuelva loco!
—Niall… esto no es fácil para mí… —dijo ella suavemente, sin mirarle. Aunque él no lo supiera o no lo viera, ella estaba dolida por dentro.
—Ya veo —dijo él todavía enfadado.
Buscaba su mirada, con ojos chispeantes, y ella la evitaba.
— ¿Son tus padres? ¿No te dejan verme? —preguntó mirando por donde pudo hacia el interior de la casa.
—No, no son mis padres.
— ¿Entonces? —Niall se dio por vencido y alzó los brazos dejándolos caer después y chocando con su cuerpo. Su tono sonó más apagado.
Ella respiró profundamente y contestó.
—Soy yo.
— ¿Tú? —Niall entrecerró los ojos y frunció el entrecejo. Estaba confuso, no entendía nada.
Giselle se asomó más y miró a un lado y a otro para asegurarse de que no había nadie por allí.
—No deberíamos hablar aquí. Vayamos a un sitio más tranquilo —dijo bajando su tono de voz y asegurándose de que nadie les escuchaba.
Niall se resignó y soltó un suspiro.
—Está bien.
La chica cogió en un momento las llaves y salió de la casa. Él la acompañó hasta el coche abriendo la puerta del copiloto y permitiéndole sentarse, después la cerró como si se tratase del chófer y rodeó lo que necesitó el vehículo hasta situarse frente al volante. Lo arrancó y tomaron la dirección que la chica le indicó.

Cuando llegaron salieron casi al mismo tiempo. Habían salido de la ciudad hasta llegar a un riachuelo. Todo lo que le rodeaba eran árboles y hierba. Bajando una pequeña cuesta se sentaron frente al agua cristalina que permitía ver las siluetas de algunos peces.
—Hacía tiempo que no venía por aquí. Antes venía con mis padres, cuando era más pequeña, y hacíamos un picnic por esta zona. Por ese entonces en este lugar había gente, aunque claro, era verano cuando veníamos. Todavía no lo es —explicó con melancolía. Niall la escuchaba atentamente, callado.
— ¿Por qué dejaste de venir?
—Por una serie de acontecimientos que me cambiaron la vida… Mis padres desde entonces no dejaban que fuera sola. Tampoco podía… —Sus ojos resplandecían—. Siempre me sentía muy bien aquí. Me gustaba venir y respirar aire fresco, oler la hierba mojada, escuchar el agua correr… Me sentía tranquila —dijo—. Ahora que estoy contigo todavía más. Estamos solos, sin ruidos, sin nadie que nos pueda molestar. Sólo nosotros, nuestras voces y la naturaleza —sonrió débilmente.
Niall la miraba tristemente. Podía ver en sus ojos que su vida no era como ella la querría, y eso le hacía sentirse mal.
— ¿Y qué es lo que cambió? —se atrevió a preguntar el muchacho.
—Todo. —Giselle intentó reprimir sus lágrimas, pero no pudo. Escondió su rostro sobre las rodillas, rodeadas por sus brazos, para que Niall no la viera así y poder desahogarse mejor.
Él se acercó más a ella y la rodeó con los suyos, transmitiéndole su calor y dulzura.
Tras unos minutos ascendió su cabeza dejando ver un rostro afligido, sonrojado y mojado, y Niall notó un pinchazo en el pecho al verla. Le acarició con una mano el rostro, secándolo cuando sus dedos se encontraban con las lágrimas ya derramadas. Ella no se resistió más y se acercó de repente a él para besarle intensamente.
—Yo no soy como las demás —dijo casi musitando, con ambos rostros muy cerca.
—No, en eso tienes razón. Eres especial —pronunció Niall en voz baja también. Posó una mano sobre el rostro de ella, contemplándolo atentamente. Para él era preciosa.
—No… No lo entiendes —dijo apartando con suavidad la mano de su faz.
— ¿El qué tengo que entender? Te quiero tal y como eres, Giselle. Eso no cambiará.
Ella giró la cabeza hacia el otro lado.
—No debería haber permitido que ocurriera esto. Llegar a este extremo. No me conoces. No me querrás cuando lo hagas —negó con la cabeza.
— ¿Pero por qué dices eso? Es cierto que no nos conocemos desde hace mucho, que todavía quedan muchas cosas que compartir, pero… inexplicablemente me has hecho sentir cosas que no he sentido. Pareceré estúpido diciendo esto seguramente, pero es así —explicó—. Uff… —resopló y con las manos se agarró el pelo inclinando su cabeza. Sus codos se apoyaban sobre las piernas flexionadas.
— ¿Recuerdas que te dije que mis padres me vigilan casi constantemente? —soltó de repente. Niall elevó la cabeza súbitamente, con las manos todavía en el cabello, centrando en ella su mirada.
—Sí.
—Necesitan protegerme de… cierta gente —intentó explicar.
— ¿Qué gente? —preguntó Niall empezando a preocuparse.
La chica cogió aire y lo expulsó ruidosamente.
—Hay personas que querrían aprovecharse de mí, de lo que poseo por naturaleza. Sí, es cierto que soy especial, pero no de la manera que crees… —hizo una breve pausa—. Yo…
— ¿Tú…? —El interés de Niall aumentaba por momentos. ¿Qué ocurría? ¿Por qué no se lo decía de una vez?
Le miró un instante, entre asustada por lo que pudiera pensar y decidida.
— ¿Ves ese pájaro que vuela? —preguntó mirando al frente, ligeramente hacia arriba.
—Sí —respondió observándolo también.
El pájaro se acercaba, volando sobre los árboles.
—Esto es lo que soy.
Alargó el brazo, enseñando la palma de la mano, y el pájaro se inmovilizó en el aire. Niall se quedó sin palabras. Contemplaba con la boca abierta el suceso, al pájaro quieto como una estatua que todavía flotaba en el aire. Quiso decir algo, aunque no sabía exactamente el qué, pero finalmente no pudo pronunciar palabra.
—Soy diferente. No por ello me considero un monstruo, pero no puedo pensar que soy como los demás. Por eso mi familia me protege, por eso no quiero mezclarte en esto. No estoy hecha para ti, y seguramente para nadie.
—En eso te equivocas —pronunció al fin, dirigiendo su mirada a la mujer que se sentaba a su lado. Porque eso era, una mujer—. Piensas que no encajas en este mundo, pero no es así… —asió su rostro entre sus manos—. Estás hecha para mí, entonces… —Y la besó nuevamente. Sus labios se separaron, pero volvieron a unirse cada vez con más intensidad. Sus frentes quedaron pegadas mientras se miraban. A Giselle se le escaparon algunas lágrimas.
—Pero mis padres querrán conocerte cuando sepan lo que sabes. Querrán que no digas nada y te obligarán a que me protejas una vez sepan que eres bueno y honesto. Te condenaré toda tu vida…
—No digas eso. —Sus manos continuaban en el rostro de ella. Cada lágrima que descendía la secaba con los pulgares—. No tienen por qué saberlo.
—La mentira los enfurecería. Quieren que les sea sincera siempre para poder protegerme.
Comenzó a sollozar, lo que partió el corazón de Niall que intentaba consolarla con su presencia.
—Si te he contado esto es porque he empezado a sentir algo y confío en ti, y para que sepas que cuanto más lejos estés de mí más a salvo estarás. Podrían hacerte daño… Por eso no respondía a tus llamadas. El beso… fue el mejor de toda mi vida, pero no podía dejar que esto continuara. Ni puedo. Entiéndelo, por favor… —sollozada ruidosamente, dejando escapar todas las lágrimas que necesitaban salir, desesperándose. Aquello se le había ido de las manos.
Ahora todo se complicaría más y no sabían cuánto…